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Historia en la Mancha

Los Hinojosos. Limosnas de las Ánimas del Purgatorio

Todas las villas de la Mancha Santiaguista, desde los albores de su formación hasta su desarrollo como comunidad, tuvieron un especial sentimiento por el destino de las Ánimas del Purgatorio, se daban limosnas, se rezaba, se decían misas para la salvación de estas almas, para que pronto alcanzaran el Cielo y la visión perpetua del Ser Divino.

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“Bajo el hermoso cielo que estoy pintando caminaban de dos en dos”

La Divina Comedia, Purgatorio, Libro II, Dante Alighieri, Grabado por Gustave Doré

Cada villa tenía su sistema de pedir limosnas, dinero que se empleaba en decir misas o comprar luminarias para purgar las almas; los feligreses y vecinos daban esos pocos maravedís con gusto porque a ellos les tocaría estar en la misma situación. Por ejemplo, en La Mota el dinero que se obtenía por la venta del hielo del Pozo de Nieve, se empleaba en sufragar los gastos por los actos en favor de las ánimas.

En Los Hinojosos de la Orden habían implantado un sistema sencillo, en los “hornos de pan cozer” u “hornos de poya” como también se denominaban, se acostumbraba, desde tiempo inmemorial, a colocar una cesta donde, cada familia que iba a cocer pan, dejaba alguno como limosna; más tarde ese pan se vendía al que necesitaba y que no había cocido, empleándose el dinero en los gastos de las misas y cirios.

“en la dicha villa, se a acostumbrado de mucho tiempo a esta parte, que en los hornos de pan cozer della se ponya una çesta, para que todas las personas que coziesen pan, en los dichos hornos, diesen limosnas dél para las Ánymas de Purgatorio.”

Hay que decir que Los Hinojosos era población importante, pues el manuscrito habla de más de un horno instalado. Estos hornos solían pertenecer al comendador o al propio concejo, quienes se aprovechaban del pago que se hacía por su uso. Las familias solían hornear de mes en mes; con una fanega de harina amasaban para obtener unos 48 panes de a kilo, oscilando el pago por uso del horno de entre 3 a 4 panes cocidos, alrededor del 8% del producto. Como he referido, también se llamaban hornos de poya; no existe una explicación para esta denominación, la que he encontrado, que podría ser posible, hace referencia a los poyos que se construían en los laterales del propio horno; allí se colocaba la masa, se dividía en panes y, una vez cocido, se dejaba enfriar para llevar a casa; así, por estos poyos, se llamarían hornos de poya, y, al pan allí cocido, pan de poya.

Con el dinero de la venta del pan y el tabaque que estaba en la iglesia, se decían algunas misas por las Ánimas del Purgatorio, además de poner dos cirios, alumbrando el altar mayor de la iglesia, durante la celebración de la misa mayor. El tabaque era un cestillo donde se recogían limosnas en la iglesia.

“E que de aquello e del tabaque que anda por la yglesia dela dicha villa, se dezían çiertas mysas por las dichas Ánymas de Purgatorio, e se ponyan dos çirios grandes en el Altar Mayor, dela dicha yglesia, quando dezían en ella la mysa mayor.”

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Iglesia de Los Hinojosos

Esta situación era buena para todos, para las almas en pena y para los feligreses que descargaban sus conciencias, hasta que intervino el cura párroco, el freyle de la Orden de Santiago Martín Hernández de la Vara, quien comenzó a quedarse para sí las limosnas de las Ánimas. Los hermosos cirios que alumbraban el altar mayor dejaron de ponerse, en su lugar unas pequeñas candelas, unas velitas como las que llevaban los feligreses el día de Todos los Santos; las misas se fueron espaciando cada vez más, para hacerse alguna de vez en cuando.

“E que agora diz que vos, el dicho cura, os avéys entrometido y entrometéys a tomar e avéys tomado, para vos, las dichas limosnas. E no queréys poner ny ponéis, en el dicho Altar, los dichos çirios, salvo unas candelas pequeñas delas que llevan, a la dicha yglesia, por los diguntos, ny dezís, por las dichas Ánymas de Purgatorio, las mysas que soys obligado.”

Los vecinos no podían hacer nada contra el cura, de modo que, todos de acuerdo, fueron hasta el ayuntamiento para exigir a los oficiales del concejo, alcaldes y regidores, que llevaran su petición ante el rey don Carlos.

Estos mandaron al escribano del ayuntamiento que redactara un escrito dirigido al Consejo de Ordenes de su Majestad, en el que se decía que los vecinos recibían mucho agravio y daño porque no se decían las misas por las Ánimas, solicitaban que se nombrase a otro clérigo de la villa, para que las hiciese y colocase los cirios en el altar como se tenía por costumbre, y pedían que pusiera remedio con su justicia y su merced.

El Consejo de Ordenes estudió el caso y mandaron una carta de provisión al cura, donde se redactaba el mandato del rey:

Obligaba al cura y al concejo que se reuniese y nombrase a una persona para pedir las limosnas de las Ánimas (un baçinador), que anote en un libro el dinero recibido y dé cuentas al cura.

Que el cura nombre un capellán que diga misa en la iglesia, cada día, al alba, para que los labradores y trabajadores puedan oír misa, antes que vayan al campo y a sus oficios.

De las limosnas pagará el salario del capellán. Si éstas fueran en mucha cantidad, se emplearán en decir misas.

Obligó al concejo a vigilar al cura para que cumpliera los mandatos anteriores, si no lo hiciera debía enviar relación al Consejo de Ordenes.

Si no se cumplían los mandatos dados, tanto al concejo como al cura, se le impondría una pena de 50 ducados de oro, para ser empleado en obras pías.

Se dio en la villa e Ocaña, el 23 de febrero de 1531

Formaban el Consejo los licenciados Luxán, Perero y Sarmiento.

Actuó como secretario, Francisco Guerrero.

 

Danzantas de La Mota en 1576

Un nuevo manuscrito sobre la tradición de las danzas y autos sacramentales, que el concejo de La Mota viene haciendo desde muy antiguo, sale a luz, para hacernos comprender como la guarda de nuestras costumbres, forman parte de nuestra historia, nos une y nos da cohesión e identidad de pueblo.

 

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Fotografía de Lola Arinero

El último manuscrito presentado estaba fechado en Madrid a 11 de marzo de 1599, reinando el rey don Felipe III. Con el nuevo manuscrito, del AHN, que ahora mostramos, hacemos más antigua nuestra tradición, llevándola hasta el 28 de noviembre de 1576, durante el reinado del rey don Felipe II, y cumpliéndose solo cinco años de la terminación de la gran Guerra de la Alpujarra. Sin embargo, hay que decir, que la tradición es más antigua de esta fecha conocida, pues el propio manuscrito ya lo expresa así:

“Por quanto, por parte de vos, el conçejo, justiçia y regimiento dela villa de La Mota, nos ha sido hecha relaçión, que, en la dicha villa, se a usado y acostumbra gastar, a cada año”

Es decir, se ha usado y se acostumbra a gastar dinero para la Fiesta del Corpus Christi, antes del año 1576, fecha del manuscrito.

Así es, el concejo, justicia y regimiento de La Mota, solicita licencia al rey don Felipe II, a través de su Consejo de Ordenes, situado en la capital de la Corte, Madrid, para que les permita gastar 30 ducados en danzas y representaciones de autos, para engrandecer y solemnizar la Fiesta del Santo Sacramento (Corpus Christi).

¿Quiénes en La Mota, bailan, danzan y representan ante el Santo Sacramento?

Tienes razón, amigo lector, “Las Danzantas de La Mota”, esos ocho ángeles y el Porra que las dirige y vigila, sin dejar de lado el acompañamiento, tan importante como los demás.

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Fotografía de Lola Arinero

La representación de los autos sacramentales, también debieron ser famosos y conocidos en todas las villas comarcanas. Quizás Cervantes hizo alusión, a estas representaciones de La Mota, en el capítulo 11 de la segunda parte del Quijote, en la aventura de “La carreta de las Cortes de la Muerte”, cuando dice:

“Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece”

¿Sería La Mota ese lugar que Cervantes no quería nombrar y que estaba bajando esa loma?

En ese mismo capítulo aparece un personaje vestido de bogijanga, de moharracho (un Zagarrón, un Porra), con muchos cascabeles, con un palo, en cuya punta, traía tres vejigas de vaca hinchadas, daba con ellas en el suelo y atacaba a las personas, haciendo sonar, al tiempo, los cascabeles.

Querido lector ¿Le suenan esos nombres, Zagarrón, cascabeles? ¿No es el origen, en un tiempo remoto, del Porra que dirige a Las Danzantas?

El Consejo de Ordenes estudia la petición, concede el gasto y la celebración de la Fiesta, dando permiso al concejo de La Mota para que muestre esta provisión a los jueces y justicias que ven sus cuentas, de modo que no sean rechazadas.

Fue proveído en Madrid, el 28 de noviembre de 1576.

Firmado por los señores del Consejo de Ordenes:

El licenciado don Antonio de Padilla. El licenciado don Joan de Zuazola. El licenciado don Miguel Marañón.

Secretario del Consejo, Pedro de Solchaga.

 

Recomendaciones:

Leer los siguientes estudios de mi blog de historia de la Mancha Santiaguista.

http://historiademota.com/lillodelamancha/2016/12/08/manuscrito-de-las-danzantas-de-la-mota/

Revista nº5 de Historia de Mota del Cuervo. Asociación de Amigos por la Historia de Mota del Cuervo.

 

Transcripción del manuscrito AHT,leg.78719, por Enrique Lillo Alarcón

Liçençia a la villa de La Mota, para que, de sus propios,

pueda gastar treinta ducados, en cada un año, en

solenizar la Fiesta del Santo Sacramento

Noviembre                                                                                               Santiago

 

Don Phelipe, etc, Admynistrador Perpetuo de la Orden de Cavallería de Santiago por autoridad apostólica.

Por quanto, por parte de vos, el conçejo, justiçia y regimiento dela villa de La Mota, nos ha sido hecha relaçión, que, en la dicha villa, se a usado y acostumbra gastar, a cada año, delos propios della, treinta ducados, en solenizar la Fiesta del Santo Sacramento en danças y autos, que hacen que las justiçias que van a tomar las quentas delos propios de su conçejo, no quieren pasar en quenta los dichos gastos, diziendo que no tenéys liçençia nuestra para ello, suplicándonos que la mandásemos conçeder, para que, de aquí adelante, pudiésedes gastar los dichos treinta ducados que en lo susodicho, o como la nuestra merçed fuese.

Lo qual visto por los del nuestro Consejo de las Ordenes, con su acuerdo, por esta nuestra carta, damos liçençia a vos, el dicho conçejo de La Mota, para que, de aquí adelante, de vuestros propios y rentas, podáis gastar y gastéis, en cada año, treinta ducados en solenizar la Fiesta del Santo Sacramento.

Y mandamos al nuestro Alcalde Mayor que es o fuere del Partido del Quintanar, e a cada qualesquier nuestros juezes y justiçias que tomaren las quentas delos propios y rrentas dese conçejo, que rreçiven e pasen en quenta los dichos treynta ducados, en cada un año.

Dada en Madrid, a veynte y ocho de novienbre de mill e quinientos y setenta y seis años.

El liçençiado don Antonio de Padilla. El liçençiado don Joan de Çuaçola. El liçençiado don Miguel Marañón.

Secretario, Pedro de Solchaga.

 

¿Tuvo miedo el rey don Carlos de las villas del Común de la Mancha? (I)

Todavía en el año 1530, el Común de la Mancha, formaba una comunidad de villas con bastante poder. Con cierta normalidad se reunían para tratar asuntos comunes y defenderse de los atropellos de los gobernantes impuestos por el rey.

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Durante estos últimos años, el gobernador de la Provincia, que a comienzos del s. XVI se regía desde la ciudad de Ocaña, su teniente y alcaldes mayores han cometido ciertos atropellos y siguen cometiéndolos día a día, sobre las villas que forman el Común, éstas, sin perder un instante, se han reunido en Villanueva de Alcardete para tratar la forma en que van a hacer frente a estos abusos.

No es casual que se reúnan en Villanueva de Alcardete, esta era una de las villas que formaban parte de la Alcaidía de la Mancha, que yo he llamado así, pues no tenía nombre conocido, pero era la única que existía en el Común de la Mancha.

Así hacen una primera reunión, a principios del mes de noviembre de 1530, a la que acuden los procuradores de las principales villas, Villanueva de Alcardete, El Toboso, La Mota, Socuéllamos, Campo de Criptana y Quintanar, tratan del mal regimiento del gobernador y sus ayudantes, como poner término a ello, y, para terminar, deciden emplazar a una segunda reunión, a los procuradores del resto de villas que no han participado, que se celebrará el domingo próximo, 6 de noviembre.

Los secretarios de los concejos escriben cartas al resto de villas no participantes, pero tienen la mala suerte que, una de ellas, la que va dirigida al concejo de Santa Cruz, cae en manos del gobernador, quien da cuenta enseguida al Consejo de Ordenes, éste, a su vez, informa al rey don Carlos.

Estos debieron ser los pensamientos del rey y los del su Consejo:

¿Por qué necesitan reunirse en contra de mi gobernador, su teniente y sus alcaldes mayores? ¿Es una sedición y levantamiento contra mi gobierno? Si tienen necesidad de exponer los agravios recibidos ¿Por qué no lo han hecho según derecho, yendo a nuestro Consejo de Ordenes?

El rey don Carlos debió pensar que era un nuevo levantamiento contra él. Tan solo habían transcurrido ocho años, desde que terminó la Guerra de las Comunidades de Castilla; el principal y más numeroso foco de la rebelión se había producido en el Reino de Toledo, al que el Común de la Mancha pertenecía. No podía consentir reuniones de tipo sedicioso contra su gobierno, aunque tuvieran razón, pues esto podría dar lugar a una nueva guerra.

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Desde el Consejo de Ordenes se escribe una carta, prohibiendo, terminantemente, cualquier reunión de las villas del Común para tratar asuntos del gobierno del rey, y, si tienen alguna queja, lo traten en el dicho Consejo, enviando su relación de agravios, pero por separado, no de modo conjunto, como el Común que eran; de ahí se ve el miedo del rey, tratando de separar las villas para limitar su fuerza:

“Porque vos mando a todos e a cada uno de vos, que no os juntéys, ny consintáys, ny déys lugar que se junten en la dicha Villanueva de Alcardete, ny en otra parte alguna, a entender en lo susodicho, ny en cosa, ny en parte dello, e que si algunas quexas tenéys del mi governador deste Partido e de su logarthenyente en el dicho ofiçio, enbiéys, cada una de vos, las dichas villas por sy, la relaçión dello al dicho Consejo, para que yo la mande ver e proveer, sobre ello, lo que de justiçia deva ser proveydo.”

Además de esta carta tan severa, informa al escribano de Villanueva de Alcardete, Pero García, y a los alcaldes regidores y oficiales del concejo que, en un plazo de nueve días, contados desde el día que se entrega la carta, se presenten ante el Consejo de Ordenes para que cumplan lo que allí se les mandará. De este modo van a atajar cualquier intento de reunión, con órdenes expresas por parte del rey.

Se dio en Ocaña a 4 de noviembre de 1530.

(Véase como estaban temerosos, pues la reunión de procuradores de Villanueva de Alcardete se realizó los primeros días de noviembre, y no dio lugar a la segunda, pues, el día 4 de noviembre, ya salió esta resolución y carta prohibiéndola).

Presidente del Consejo, el conde Manrique.

Licenciados, Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento.

Secretario, Francisco Guerrero

(Transcripción de los manuscritos, Enrique Lillo Alarcón; signatura [AHN,OM,AHT,leg.78167]

 

Ley capitular de la Orden de Santiago sobre los ganados

Todos los territorios de la Orden de Santiago estaban regidos por leyes capitulares que se dictaban y consensuaban en los Capítulos Generales de la Orden.

Todo estaba legislado, lo tocante a la religión, al uso común y aprovechamiento de tierras, pastos y ganados, los diezmos e impuestos, pocas cosas quedaban al azar. Personas, ganados y mercancías circulaban por los lugares de la Orden, desde la Provincia de León (actual comunidad de Extremadura) hasta la zona de Segura (norte de Jaén), Campo de Montiel, Murcia y, por supuesto, la Mancha Santiaguista.

Por la gran cantidad de pastos e incluso sotobosques, los vecinos de la Mancha Santiaguista solían ir con sus ganados a los pastos de Segura o Campo de Montiel, para la leña también, por ejemplo, los vecinos de La Mota iban a los bosques de Ruidera para aprovisionarse de madera con qué cocinar y calentarse.

Desde Corral de Almaguer, los vecinos con sus ganados, acudían al Campo de Montiel para que se alimentaran de forraje en sus extensos pastos; acudían con bueyes de labranza, ovejas y grandes piaras de cerdos, a veces compuestas de 60 u 80 cabezas, era la época en que se criaban muchos puercos, debido a los extensos encinares que existieron.

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Piara de cerdos. Foto tomada de página de Radio Huancavilca

 

Cervantes plasma esa tradición en los primeros capítulos del Quijote:

“En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos – que, sin perdón, así se llaman – tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen”. [QI, CII]

“Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces”. [QI, CII]

“Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha”. [QI, CIX]

Cuando el Alcalde Mayor del Partido del Quintanar, el bachiller Alonso de Figueroa, quiere que se construya la Plaza Mayor de La Mota en la Plaza del Toril, los oficiales del concejo de la villa, le recriminan que en ella se quedan los cerdos:

“E en lo que toca a la vez delos puercos, que mandó que no se llegasen en la Plaça que nuevamente se a de hazer, porque no se cunple como ello mando”.

Era inevitable que los animales entrasen en los pastos labrados de pan, bien durante el traslado por cañadas y veredas, bien por encontrarse próximos a los pastos donde comían. Los labradores del Campo de Montiel se enfadaban sobre manera, ponían penas exageradas a los ganaderos que obligaban a cumplir, no dejaban que se acercaran a sus tierras, contraviniendo las leyes capitulares.

Este problema ocurrió en 1531 con los vecinos de Corral de Almaguer, cuando llevaban sus ganados al Campo de Montiel.

El concejo de Corral de Almaguer, prepara una relación y petición al Consejo de Ordenes, diciendo que los vecinos de la dicha villa, acuden con sus ganados a que pasten en los lugares del Campo de Montiel, que son conscientes que los ganados hacen ciertos daños en los panes de los vecinos de esos lugares, por los que les imponen penas muy grandes, debido a que no quieren que acudan allí, a pesar que el daño que hacen es pequeño. Si esto se consiente, los vecinos de Corral de Almaguer recibirán mucho daño, pues tienen derecho a acudir a esos pastos.

Acababan el escrito diciendo que estaban dispuestos a pagar las penas que se les impusieran, pero con arreglo a la ley capitular, siempre que sus ganados hicieran algún daño y se cuantificara honestamente, sino imploraban la justicia del rey.

El tribunal del Consejo de Ordenes manda hacer traslado de la ley capitular, que se encontraba guardada en el Convento de Uclés, y la presenta en el pleito:

“E porque por los procuradores delas nuestras villas e lugares desta nuestra (tachado: Orden) Provinçia, nos fue querellado, e dicho en el nuestro capítulo que los señores delos ganados, syn temor delas penas contenydas en las dichas ordenanças, con sus ganados le destruyen sus viñas y heredades, e nos suplicaron que en ello proveyésemos como entendiésemos ser cunplidero a serviçio de Dyos, e nuestro, e al bien e pro común, e vtilidad delos dichos nuestros vasallos.

E porque avida sobre ello nuestra deliberación e ynformaçión, fallamos las dichas leyes e ordenanças, que çerca desta disponen no ser bien guardadas, ansy por ser poca la cantydad delas penas en ellas establesçidas, como por las maliçias de muchos onbres, que con buen zelo al bien público, e, ansy mysmo, porque otros son negligentes en la guarda de sus ganadoss, dando lugar que destruyan las heredades agenas.

Por ende, ordenamos y mandamos que las dichas leyes e ordenanças capitulares que çerca desto hablan et disponen, sean guardadas en todo e por todo, segúnd en ellas se contiene.

Por la pena delos ganados que hiziesen daño en las dichas viñas, huertas y heredades, mandamos que sea cresçida en esta manera:

Que los bueyes, vacas, o bestias, o otros ganados mayores e menores, desde el dya que el mes de março fuere de mediado en adelante, no entren en las viñas ny heredades delos vezinos e moradores delas villas e lugares de nuestra Orden, hasta pasado el día de Todos Santos primero de aquel mesmo año, so pena que de cada res vacuna, o yeguas, o otros ganados mayores se paguen de día quynze maravedís, y de noche treynta maravedís, y más el daño que hizieren.

E de la manada delos puercos de sesenta arriba, sesenta maravedís de día, e de noche çiento y veynte, con el dicho daño que hizieren, e sy no llegaren a manada que paguen por cada cabeça tres maravedís de dya y seys maravedís de noche, con más el daño.

E de las manadas de las ovejas de sesenta arriba e delas cabras, que paguen treynta maravedís de dya e sesenta maravedís de noche, e sy non llegare a manada que pague doss maravedís de dya, de cada cabeça, e quatro maravedís de noche, más el daño.

Pero que las huertas, y heredades, e frutales que tuvieren hortalizas e fruta que no entren en tienpo alguno so la dicha pena.”

 

Venía a decir que los ganaderos, al ser las penas de poca cuantía, no respetaban las tierras labradas y destruían viñas y heredades con sus ganados. Usaban de malicia para saltárselas y no guardar el bien público.

Así que se decidió incrementar las penas y regular el pastoreo en el siguiente modo:

Que los bueyes, vacas, bestias y otros ganados, menores y mayores, no entren en las viñas y heredades, desde la mitad de marzo hasta el primero de noviembre, día de Todos los Santos. Si esto sucede, han de pagar por cada res vacuna, yegua u otros ganados mayores, 15 maravedís si es de día y 30 maravedís si es de noche, más el daño que hicieren en los campos.

Las manadas de puercos desde sesenta cabezas hacia arriba, pagaran 60 maravedís de día y 120 maravedís de noche, más el daño que hicieren. Si no llegan a ser manada, como antes se ha referido, pagarán 3 maravedís por cabeza si es durante el día, y 6 maravedís durante la noche, más el daño ocasionado.

Las manadas de ovejas y cabras de sesenta cabezas hacia arriba, pagarán 30 maravedís durante el día y 60 maravedís durante la noche. Si no llegan a ser manada, pagarán 2 maravedís por cabeza en el día y 4 maravedís en la noche, más el daño que ocasionaren.

En las huertas, heredades y frutales que tuvieren hortalizas y frutas no pueden entrar en tiempo alguno, aplicándose las penas anteriores que se han establecido.

Una vez comprobada la ley capitular, el tribunal del Consejo de Ordenes llamó a las dos partes y, en su presencia, leyó su contenido, recomendando que la cumpliesen en todo, que no volvieran a venir con quejas, pues aplicarían la justicia del rey.

Fue redactada en Ocaña, el 31 de marzo de 1531 años

Firman: el Conde Manrique, los licenciados Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento.

Secretario: Francisco Guerrero

Transcripción del manuscrito por Enrique Lillo Alarcón, signatura [AHN,OM,AHT,leg.78171]

 

 

Pleito entre El Quintanar y La Puebla de Almoradiel, por la saca de leña de su monte

Otro de los privilegios de las villas de la Mancha Santiaguista, era la explotación de la leña de los montes concejiles.

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Encina milenaria de Mota del Cuervo, en su lugar de Manjavacas

Las grandes dehesas y montes de encinas, que rodeaban los municipios, eran propiedad del ayuntamiento, todos los vecinos tenían derecho a sacar la leña seca y dejar pastando sus bueyes y bestias de labranza, siempre respetando los plazos que la Orden fijaba; por ejemplo, la bellota solo estaba permitido recogerla a partir de la festividad de Todos los Santos, el primero de noviembre.

Los demás municipios, del Común de la Mancha, también tenían los mismos derechos de acudir a los montes y dehesas de sus vecinos y comarcanos, por ser lugares comunes de la Orden, y en virtud del privilegio que concedió el maestre don Fadrique, el 4 de marzo de 1353, en Fuente de Cantos, Badajoz, solo que respetando las normas y ordenanzas que fijaba la Orden junto con los concejos.

Para protegerse de los abusos que, vecinos y foráneos, provocaban en las dehesas y montes de los ayuntamientos, los concejos fijaban penas y castigos a las personas que los hacían, ponían guardas en ellos y los vigilaban continuamente.

Conocemos las ordenanzas de la dehesa de La Mota, que ya se fijaron a la temprana edad del 23 de enero de 1394, concedidas en la visita de los visitadores de la Orden: Alfonso Fernández Verdugo, comendador de Alpajes, Ruy Fernández del Campo, comendador de Criptana y Toribio González, vicario de Montiel, notario de la visitación.

Estas ordenanzas decían, más o menos, así:

Las personas que sean cogidas cortando leña, dentro de los límites de la dehesa, ya sean vecinos de La Mota, como de otros lugares, así deben pagar y pechar:

–     El que hallaren cortando o corte un pie de encina, tan grueso como el cuerpo de un hombre o mayor, pagará 30 maravedís.

–     El que corte un árbol, tan grueso como el muslo de la pierna de un hombre, pagará 15 maravedís.

–     El que corte un árbol más pequeño, tan grueso como el brazo de un hombre, pagará 6 maravedís.

Además de las penas establecidas, anteriormente, por cortar leña, los visitadores fijaron la actuación ante otros posibles casos que se podían producir, de modo que, si acaso hubiera dudas, o se entrase en fuertes discusiones con los vecinos de La Mota o de otros lugares de alrededor, y fuera complicado averiguar quién cortó leña, se procedería de la forma siguiente:

–      Si alguna persona lleva una carreta, cargada de leña, del monte o dehesa, pagará de pena, por cada carreta, 30 maravedís.

–     Si alguna persona lleva acémilas, mulas o caballerías, cargadas de leña, pagará de pena, por cada carga 10 maravedís.

–     Si alguna persona lleva bestias mayores o menores, cargadas de leña, pagará de pena, por cada carga, 4 maravedís.

–     Si se encuentra alguna persona, hombre o mujer, cortando leña en el monte, y la trae a cortar, por cada vez pagará 3 maravedís.

A pesar de las penas y cárcel, con que se castigaba a los infractores, los abusos eran muy frecuentes e importantes, tanto que se esquilmaron las grandes extensiones de encinas que existían en la Mancha Santiaguista.

Con la Edad Moderna y el advenimiento de los Austrias, los concejos estuvieron muy interesados en proteger sus propiedades. Son numerosos los pleitos que se suceden, entre ayuntamientos, para defender sus patrimonios; aunque son zonas comunes por los privilegios mencionados, nadie quiere que los del pueblo vecino entre en sus montes.

Este que nos ocupa es un pleito celebrado entre el concejo de El Quintanar y el de La Puebla de Almoradiel, fechado el 14 de marzo de 1531.

Hernando de Villanueva, en representación del concejo de El Quintanar, puso en pleito al concejo de La Puebla de Almoradiel, representado por sus alcaldes ordinarios, Pero Sánchez Serrano y Alonso García, así como a otros vecinos de la misma villa, por haber denunciado a los vecinos de El Quintanar, por sacar leña del monte que es propiedad del ayuntamiento de La Puebla.

El juicio, proclamación de testigos y el proceso final, se desarrolló en el Consejo de Ordenes, como era obligatorio, por ser ambas villas pertenecientes a la Orden de Santiago. En 1531 tenía su tribunal en la villa de Ocaña, presidido por el conde don García Manrique, en nombre de su Majestad don Carlos, Administrador Perpetuo de las Ordenes Militares, por designación papal de Adriano VI, Adriano de Utrecht, quien llegó a España en el séquito de Carlos I y de él recibió los máximos honores eclesiásticos, llegando a alcanzar la regencia de España; más tarde nombrado papa, ha sido el último no italiano hasta la proclamación de Juan Pablo II. Es claro que Adriano devolvió todos los favores a don Carlos.

La sentencia del proceso fue dada por el licenciado Almodóvar, alcalde mayor del Partido de la Mancha y Ribera de Tajo, en favor de Hernando de Villanueva. En ella se permitía que, los vecinos de El Quintanar, pudiesen sacar leña del monte de La Puebla de Almoradiel.

Al saber de la sentencia desfavorable, los alcaldes ordinarios Alonso García y Pero Sánchez Serrano, dieron carta de poder a sus procuradores, para que presentaran apelación ante el Consejo de Ordenes, pero éstos se durmieron y, aunque la presentaron, no lo hicieron en tiempo ni en forma, ni se presentaron en el proceso y causa del pleito, según como en derecho se requería. De este modo, la apelación no se tuvo en cuenta y la sentencia se dio como firme y juzgada.

Los alcaldes volvieron a interpelar a su Majestad, pidiendo se les hiciese justicia, a pesar que la sentencia estaba dada. El Consejo aceptó, finalmente, la apelación, era costumbre hacerlo así, aun a pesar de lo firme de la sentencia, de modo que, concede un nuevo plazo al procurador de La Puebla de Almoradiel, para que muestre las diligencias realizadas en su apelación.

Es de suponer que La Puebla ganaría el pleito, pues existían medidas muy proteccionistas, por parte del gobierno de don Carlos, a los propios de los concejos de la Mancha Santiaguista.

Intervienen, en la jurisprudencia del Consejo de Ordenes, los licenciados Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento. Actuó como secretario, Francisco Guerrero.

 

Transcripción del manuscrito por Enrique Lillo Alarcón.

[AHN,OM,AHT,leg.78171]

El Conçejo del Quyntanar

y Hernando de Villanueva

Ocaña

março

de d xxxi

Al conçejo e çiertos vezinos de La Puebla de Almoradiel que pares-

can a mostrar las diligençias que ha hecho, en seguymyento

de una apelaçión (…) de definytiva

Don Carlos, etc.

A vos, el conçejo dela villa de La Puebla de Almuradiel, e Pero Sánches Serrano, e Alonso Garçía, vezinos dela dicha villa, e a los otros vezinos consortes a quyen lo de yuso en esta my carta contenido toca e atañe, salud e graçia.

Sepades que por parte del conçejo dela villa del Quyntanar e de Hernando de Villanueva, vezino dela dicha villa, me fue fecha relaçión por su petiçión que, en el my Consejo dela dicha Orden, fue presentada, diziendo que el liçençiado Almodóvar, alcalde mayor del Partido de la Mancha e Ribera de Tajo, ovo dado y pronunçiado una senya en favor del dicho Hernando de Villanueva, e contra el dicho Alonso Garçía e Pero Sánches Serrano, alcaldes hordinarios que fueron desa dicha villa, e otros sus consortes, sobre razón dela corta del monte desa dicha villa, en çierta forma e manera, según que más largamente en la dicha senya diz que se contiene.

E que como quyera que por parte delos dichos Alonso Garçía, e Pero Sánches, e los otros sus consortes fue apelado dela dicha senya para ante my, diz que no hizo la dicha apelaçión en tienpo ny en forma, ny se presentaron con el proçeso dela dicha cabsa en los térmynos e según e como de derecho se requería, ny hizieron las otras diligençias que heran obligados, por manera que la dicha apelaçión diz que quedó desyerta, e la senya pasada en cosa juzgada, suplicándome él por tal la mandase pronunçiar, e declarar, e darle my çitaçión della, o proveerle carta dello de remedio con justiçia, como la my merçed fuese.

Y en el dicho my Consejo fue acordado que devía mandar dar esta my carta para vos, en la dicha razón.

E yo tóvelo por bien.

Porque vos mando que del día que os fuere leyda e notificada en vuestro cabildo e ayuntamyento, sy ser pudiere, syno ante un alcalde o dos regidores de vos el dicho conçejo, por manera que pueda venyr a vuestra notiçia y no pretendáys ynorançia hasta [hueco para poner el número de días que no se ha puesto] días primeros syguyentes que vos do e asyno por todos plazos e térmynos perentorios, parescades ante my, en el dicho my conçejo, por vuestro procurador bastante, bien ynstruto e ynformado çerca del dicho pleyto, a mostrar las diligençias que avéys, en seguymyento dela dicha apelaçión, so pena de deserviçio sin perjuizio de otra qualquier deserçión que aya sido çebsada.

E sy pareçieredes en el dicho my Consejo vos oyran e vos será guardada vuestra justiçia, e en otra manera vuestra absençia e rebeldía no enbargante aviéndola por presentada, proçederán en la dicha cabsa segúnd e como hallaren por derecho, syn vos más çitar ny llamar, que para lo que dicho es y para todos los otros abtos e mandamyentos dela dicha cabsa con senya difinytiva ynclusive y tasaçión de costas sy la e y oviere, vos çito y llamo perentoriamente por esta my carta. 

Dada en Ocaña, a xiiii de março de d xxxi años

El conde don Garçía Manrique

Liçençiado Luxán / Liçençiado Perero de Neyra / liçençiado Sarmyento

Guerrero, secretario

 

Mercaderes de seda y taracea de Pastrana (III)

La historia de Álvaro Hermez

Una vez establecida la comunidad de moriscos y de estar funcionando los telares un cierto tiempo, llegó hasta Pastrana un nuevo mercader de seda, se llamaba Álvaro Hermez. La misma Princesa de Éboli suplica se atienda su petición al rey, por lo que es claro que protegía a esta comunidad de ricos mercaderes de la seda y a él en particular, con toda seguridad obtenía pingües beneficios en alcabalas y décimas que cobraría por su fabricación dentro de su señorío.

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Ana de Mendoza de la Cerda y de Silva y Álvarez de Toledo. Princesa de Éboli

Álvaro Hermez se casó en el Albaicín con Ángela de Sotomayor, natural de Galicia de la Casa de Sotomayor, de padres y abuelos hidalgos y cristianos viejos, en un matrimonio de conveniencia, para obtener claros beneficios de él al pasar de ser morisco, cristiano nuevo, a consorte de una cristiana vieja. Por su parte, Ángela de Sotomayor, al casar con un rico comerciante de seda del Albaicín, mantendría y sustentaría su casa hidalga con una buena inyección de ducados a las arcas familiares.

Álvaro conocía muy bien los privilegios y provisiones que favorecían a los moriscos y usó de ellos en todas las ocasiones que los necesitó.

Cuando ya habían salido todos los moriscos del Albaicín, él y su familia aún permanecían viviendo allí, con el inconveniente que habían mandado alojar en su casa a un capitán y un alférez de los que habían venido a la guerra de la Alpujarra. Esto le suponía un gasto extraordinario que no estaba dispuesto a consentir, amén de tener en su casa hombres extraños en contacto con las mujeres de la casa, algo que un morisco, aunque convertido, no podía permitir.

Se dirigió al concejo en protesta por esta intromisión de su vivienda y el corregidor de población, el 5 de septiembre de 1562, le dio la razón, ordenando no se alojasen en ella huéspedes mantenidos. Aún con auto a su favor alojaron de nuevo en su casa al sargento mayor.

Más tarde en noviembre de 1569 se le incluyó entre los moriscos que deberían ser encerrados en la iglesia de San Pedro y San Pablo para su deportación del reino de Granada. Fue entonces cuando hizo valer su condición de consorte de una cristiana vieja.

El 17 de noviembre de 1569 se dirigió al Santo Oficio de Granada y solicitó un traslado de una provisión del rey Carlos y la reina Juana, dada en Granada el 8 de diciembre de 1526, en virtud de la cual los cristianos viejos que casasen con cristianas nuevas, y los cristianos nuevos que casasen con cristianas viejas, no estarían obligados a mantener huéspedes en sus casas, tanto de gente de la Corte como de gente de guerra y cualquier otro, no estarían obligados a dar ropa, ni bestias de carga, ni aves, ni otra cosa ligada al aposento. Además de lo anterior se les haría merced de rozas, tierras y términos para su sustentación, de las tierras concejiles, públicas o de las de realengo, tanto a ellos como a sus herederos.

Volvió a ser absuelto de salir de Granada, pues el Ilustre señor licenciado Briviesca de Munatones del Consejo y Cámara de su Majestad, en virtud de la petición de Álvaro Hermez y de lo mandado en su día por el auto del señor corregidor y de la provisión del emperador Carlos, manda sea retirado de la lista de moriscos y sea tratado como un cristiano viejo, según lo ordenó don Juan de Austria en 21 de noviembre de 1569.

Siguió viviendo en el Albaicín hasta el 16 de junio de 1572 en que se le vuelve a considerar entre las listas de moriscos que deben salir de Granada. No sabemos cuándo ocurrió la deportación, pero al final se produjo, de modo que hacia 1573 lo encontramos residiendo en Pastrana bajo la protección de la princesa de Éboli como he referido al comienzo de su historia.

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Salida de los moriscos de Granada

Este mercader había firmado un contrato por cuatro años para abastecer de todas las sedas que necesitasen los mercaderes y joyeros de la Corte, con entregas parciales cada dos meses, para lo que disponía una provisión real que le permitía resolver sus negocios durante treinta días, y así lo vino haciendo durante cierto tiempo. Pero ahora acudía a la Corte a vender sedas haciendo algo que le convenía más, durante ocho días repartía los encargos, vendía nueva seda y cobraba lo que había traído y vendido en la anterior visita, por lo que no necesitaba de una sola visita de treinta días. Por eso se dirige nuevamente al rey, con el apoyo de la princesa de Éboli, solicitando se le conceda provisión de actuar libremente en base a que es cristiano viejo, persona obediente de las leyes y pragmáticas de su Majestad y hombre llano y abonado, o, si no se considera esta solicitud, al menos se le permita acudir los ochos días cada dos meses.

En la sentencia se ve la importancia de esta comunidad de ricos mercaderes de Pastrana, de la seda, y la influencia de la princesa de Éboli en las decisiones del rey:

“Que se le den otros diez días más, que para todo sean quarenta, y que estos los pueda tomar en cinco vezes.”

Cuando los moriscos fueron expulsados de los reinos de España en 1610 el negocio de la seda en Pastrana no decayó, pues su puesto fue ocupado por trabajadores portugueses, pero la calidad, la textura, la excelencia y belleza de las sedas creadas por las manos de los moriscos del reino de Granada se perdieron para siempre. La industria por excelencia de los reyes nazaríes murió aquí en Pastrana.

Asociación de Amigos por la Historia de Mota del Cuervo

Enrique Lillo Alarcón

Dedicado a D. Antonio Herrera Casado, ilustre hombre de letras que pasea con orgullo, por todos los confines de la tierra, los bellos lugares de Guadalajara.

Bibliografía

–         Luis de Mármol y Carvajal, Historia de la rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada.

–         Ginés Pérez de Hita, La guerra de los moriscos, segunda parte de las guerras civiles de Granada.

–         AGS,CCA,leg.2161,100-101

–         AGS,CCA,leg.2161,170

Mercaderes de seda y taracea de Pastrana (II)

Los moriscos mercaderes de Pastrana

El señorío de Pastrana debió de ser un sitio atractivo para venir a vivir y poder mercadear con sus negocios de sedas, lo suficientemente cerca y alejado a la vez de la Corte para poder vender su producto. Después de los sufrimientos de la guerra, de tener que abandonar su tierra, casa y bienes, llegar a un lugar tranquilo gobernado por los nuevos señores de Pastrana, bajo la protección y auspicio de la princesa de Éboli, señora de tan alto rango en la Corte del rey Felipe II, y con el consentimiento del príncipe Ruy Gómez de Silva, debió de ser un descanso y alivio para los nuevos mercaderes que no dudaron en dirigirse hacia allí e instalar su industria en esta villa.

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Tienda de telas de seda

Unos antes que otros llegaron durante comienzos del año 1571 y en estos dos años y medio transcurridos hasta la fecha que marca los manuscritos que conocemos del año 1573, desarrollaron una importante y floreciente industria dedicada a la seda y a la taracea de muebles.

Los señores de Pastrana, luego, en diciembre de 1572, nombrados duques por privilegio del rey Felipe II, favorecieron la instalación en su señorío, tomaron una de las colinas de la villa que bajaba hasta el río Arles, a imagen y semejanza del Darro, y construyeron allí su Albaicín particular. Plantaron moreras, cultivaron el gusano de seda, construyeron telares, tornos para torcer el hilo, tintorerías y comenzaron a comerciar la seda en la Corte y los mercados más importantes de Castilla.

La seda que salía de sus telares se vendía muy bien en Madrid, pronto hicieron una importante clientela que estaba dispuesta a comprar esa maravillosa trama que se urdía en los telares de Pastrana. A decir de los mercaderes de la Corte, de los del mercado de Medina del Campo y de otros muchos, la seda que se fabricaba era de igual calidad y belleza que la que se hacía en el Reino de Granada antes de la guerra. Se hacía en todas las variedades de diseño y tejido, se vendía al peso desde el capullo de seda, floja o torcida, o bien por piezas. Los mercaderes de la Corte adelantaban el dinero para una producción concreta o compraban en fiado, en la siguiente ocasión que nuestros mercaderes regresaban, cobraban el dinero del producto fiado, entregaban los nuevos encargos y compraban para sus necesidades, estos viajes de mercadeo los hacían cada dos meses, con una estancia de ocho días. Llegó a ser tanta la producción y el requerimiento de los clientes que algún mercader tuvo que ceder 4 telares al Monasterio de San Pedro de Pastrana para que los frailes pusieran la mano de obra de la manufactura.

¿Quiénes fueron estos moriscos industriales y mercaderes de la seda de Pastrana?

Conocemos los nombres de los principales:

Hernán López el Ferí, el más importante y rico de todos, mercadeaba seda por un valor entre los 8.000 y 9.000 ducados anuales, disponía de 15 telares y otros 4 más cedidos a los frailes del Monasterio de San Pedro, tenía un torno para torcer el hilo de seda y podía tintar los tejidos. Fabricaba seda de capullos, hacía telas de terciopelo negro y de otros colores, de damascos, rasos y tafetanes. Tenía tienda pública en Pastrana donde vendía paños y sedas, brocados y lencería. Iba a vender a la Corte, por los mercados principales de Castilla y lo hacía en persona, pues no podía fiar a factores, terceras personas o cristianos viejos de Pastrana ya que no conocían el negocio y regateo de la seda, a veces vendía al contado, a veces tenía que dar en fiado, él en persona conocía cómo debía vender su producto, a qué precio y a quién podía fiar.

Además de su hacienda y negocio de Pastrana, no le había quedado más remedio que abandonar en Granada una hacienda y bienes por valor de más de 5 cuentos (5.000.000 de maravedís, unos 13.333 ducados), que no había podido recuperar por no haber podido acudir a los juicios que se habían celebrado allí, por motivo que la pragmática sanción no le permitía salir del lugar donde había sido deportado y se le había fijado residencia, de modo que estos pleitos estaban parados en el Consejo de Población granadino a la espera de poder conseguir un pasaporte para su traslado.

Diego Hernández Chapiz, Luis Hernández y Lorenzo Ruiz, eran los otros mercaderes de seda que trabajaban las variedades de floja y torcida en grana y en todo género de colores, disponían de torno y tinte de seda. Sus negocios alcanzaban una facturación de más de 7.000 ducados anuales. Se dirigen a la Corte a vender sus productos, pues se dice que la zona próxima a Pastrana es pobre de naturaleza y no tienen salida tan exquisitas sedas y telas.

Gonzalo Hernández

Era el único morisco, entre los principales, que no trabajó la seda.

Llegó muy pobre a Pastrana, siendo su oficio la taracea, la técnica ornamental consistente en crear bellos dibujos y geometrías por incrustación de pequeños trozos de nácar, hueso, madera u otros materiales que se aplican a muebles y objetos de madera. El mecenazgo de los príncipes de Éboli les llevó a prestarle dinero para que comenzase con su oficio y negocio, y lo aplicó tan bien que llegó a ser maestro, hacía obras de mucho coste y de las primeras en este arte como escritorios, bufetes, sillas que vendía en la Corte con mucha ganancia.

La nueva pragmática

Esta idílica situación de libre comercio y grandes beneficios se vio truncada por la nueva pragmática sanción que el rey mandó promulgar en octubre de 1572, entre otras muchas cosas, se prohibía que los moriscos se desplazaran de su lugar de residencia sin un pasaporte expedido por la justicia local y autentificado por el gobernador de la provincia o los alcaldes ordinarios de las villas. Esta prohibición significaba que los mercaderes de Pastrana no podían ir a la Corte a mercadear con sus productos, si esto sucedía así perderían poco a poco su negocio, mucha gente que vivía de la seda y de la labor en el telar perderían sus trabajos, no solo los mercaderes perderían el negocio, la villa se empobrecería, los príncipes dejarían de cobrar sus impuestos, incluso las arcas del rey dejarían de percibir las alcabalas por la venta de la seda.

Bajo estas circunstancias, el maestro de taracea Gonzalo Hernández dejó su oficio, no fabricando más muebles hasta que no cambiase la situación, pues la venta de ellos en la zona era poco más o menos que imposible.

No solo habían salido perjudicados los mercaderes de Pastrana, los de muchas villas y ciudades también lo fueron. En este ambiente hostil, sin nada más que perder, los comerciantes de Toledo protestaron ante el rey de todas las formas posibles, incluso en Pastrana otro comerciante del que informaremos a continuación, Álvaro Hermez, con el apoyo de la princesa de Éboli, se atrevió a escribir al rey.

La presión desde todos los ángulos del comercio morisco y la pérdida del dinero que proporcionaban las alcabalas, movió a los consejeros del rey a que éste promulgase una excepción a la prohibición del libre movimiento de moriscos. Fue publicada en Madrid el 6 de julio de 1573 e iba dirigida al corregidor de la ciudad de Toledo, se refería la prohibición inicial y daba su sentencia final; este es el resumen de su contenido:

“Ninguno de los cristianos nuevos pueden entrar en esta nuestra Corte, ni a dos leguas alrededor de ella, pero como muchos de ellos tienen negocios muy importantes en los tribunales de nuestra Corte, si no fueran, los perderían, como no es nuestra intención no aplicar justicia y como nos suplicaron que diésemos licencia para ir a la Corte a seguir los pleitos y negocios, damos nuestra provisión real para que cuando fuera caso de necesidad, mostrando relación al corregidor o alcalde mayor, permitimos que se pueda ir a nuestra Corte.”

Dejaba sin efecto la obligación que existía, cuando el padre se ausentaba, de dejar los hijos como rehenes en casa de algún eclesiástico o las hijas en casa de una señora principal de la villa, para que no pudieran quedar como cautivos o esclavos cuando el padre no regresaba.

Aunque estaban forzados a hablar la lengua castellana, se permitía durante un tiempo a estos mercaderes, sobre todo a los que eran mayores y hablaban algarabía de modo muy cerrado, que lo hiciesen así, con la condición que en un tiempo hablasen castellano.

Conocida esta provisión real por nuestros mercaderes de Pastrana, se dirigieron al ilustre doctor Gutierre Gómez Prado, gobernador y justicia mayor de los señoríos de la princesa de Éboli (en esta fecha el príncipe ya había fallecido) y de la villa de Pastrana, solicitando que hiciese relación a su Majestad para que les diese permiso de ir a la Corte de mes en mes, residiendo en ella, al menos cuatro días sin que se les aplicase pena alguna.

La relación con intervención del gobernador y probanza de testigos se realizó entre el 20 y 26 de septiembre de 1573, al final de la cual el doctor Gutierre Gómez Prado dio su informe favorable para que el rey les concediese licencia para continuar con sus negocios en la Corte. Se envió el 20 de octubre y es seguro que el rey lo concedió por la provisión que había otorgado a los comerciantes de Toledo y por el dinero que ingresaba de alcabalas.

De este modo el negocio de seda en Pastrana continuó, ayudando a hacer de la villa el lugar tan predominante que tuvo en la región en este siglo XVI.

Como colofón a esta historia de mercaderes y permisos, permítanme que nombre los testigos que intervinieron en la probanza, todos vecinos de la villa de Pastrana, para que permanezcan en nuestro recuerdo, todos ellos dijeron de estos moriscos que eran personas honradas, buenos cristianos, quietos y pacíficos, que solo viven de sus tratos sin hacer mal a nadie. Es evidente que, por contra de otros lugares, en la villa de Pastrana, la convivencia entre cristianos y moriscos fue la de buenos vecinos:

Juan de Trillo, 73 años de edad.

Juan Delgado, alcalde ordinario de Pastrana y veedor del trato de la seda. Además de cumplir con su trabajo en el ayuntamiento, actuaba como veedor, yendo a los telares y comprobando que la labor se hacía correctamente de acuerdo a los patrones de tela que obraban en su poder.

Bartolomé López Cerezo, regidor, 43 años.

Jerónimo Torrontero, escribano del ayuntamiento, 30 años, fue el encargado de alistar a los moriscos cuando llegaron a la villa y de dar los pasaportes.

Andrés Palmero Ximénez, escribano público, 30 años

Juan González y Francisco Roldán, firman como testigos la relación del gobernador.

Mercaderes de seda y taracea de Pastrana (I)

Existió una ciudad bella como ninguna otra hasta el año 1570, frente a la Alhambra, una a otra se miraban, desde el Albaicín las moles rojizas sobre el verdor que regaba el Darro, desde las almenas de la Alhambra el blancor que refulgía con los rayos del sol o plateaba con los de la luna.

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Granada y el Albaicín grabado por Joris Hoefnagel, s. XVI

Sus estrechas callejuelas serpenteaban desde San Nicolás hasta Elvira en la Plaza Nueva, sus placetas en cualquier ensanche de una calle bullían de gentes que mercadeaban, en la plaza de Bib el Bonut, como si de una colmena se tratase, se arremolinaban las tiendas de orfebres, marroquinerías y telas de distintos tipos, en especial las de seda, en contraste con sus tranquilos y frescos cármenes en la parte baja donde el Darro los convertía en remanso de paz.

Los mercaderes de la seda eran los más ricos del Albaicín, consiguieron hacer de ella la industria más rentable del reino nazarí de Granada, tanto fue así que se exportaba a todos los países bañados por el Mediterráneo, donde era apreciada como la más bella y de mejor calidad, desde el reino de Tetuán, pasando por Tremecén y Argel, hasta el sultanato de Egipto y el reino otomano de Istambul en los confines del Mare Nostrum. Las sedas de Granada que los mercaderes del Albaicín llevaron a todo el mundo occidental conocido, vistieron a todas las mujeres de estos reinos, los voluptuosos cuerpos de las princesas de “las mil y una noches”, las esposas del Gran Turco que residían en el palacio de Topkapi y las odaliscas del sultán.

En el reino de Granada existía una dedicación, casi exclusiva, a su fabricación, desde las plantaciones de moreras, cría del gusano de seda y el tratamiento del capullo, hasta la obtención del hilo, su trenzado, tinte y labor en el telar, desde las villas de la Alpujarra hasta los confines del marquesado de los Vélez en las lindes del reino de Murcia.

Esta productiva industria comenzó a truncarse con el levantamiento morisco del reino de Granada, mal llamado así pues fue una guerra en toda su magnitud, la Guerra de la Alpujarra, que, a decir de los historiadores de la época, fue la más sangrienta en Europa en todo el siglo XVI, aún más que las guerras de religión europeas.

Asustados por los mandamientos en contra de sus costumbres que predicaba la pragmática sanción de 1567, que los consejeros de Felipe II obligaron a cumplir, los mercaderes principales del Albaicín buscaron a un cabeza de turco que iniciase un levantamiento suave para asustar al rey y a la población en general, que permitiese la anulación de las prohibiciones, de este modo promovieron una reunión en la casa del mercader de cera Adelet, donde se reunieron los más importantes y donde nombraron al artífice de la rebelión Farax Ibn Farax, un tintorero abencerraje de gran maldad e inclinado a la traición, que atrajo hacia sí importantes personas de la Alpujarra como Ibn Aboo, el segundo rey morisco, Hernando el Zaguer, tío y general que fue del primer rey Ibn Humeya, y Miguel de Rojas, que fue suegro y tesorero del rey, además de un ingente ejército de monfíes que asolaron todas las villas de la Alpujarra y río de Almanzora. Estos fueron los comienzos de la guerra que se inició en la Nochebuena de 1568.

Aunque el comienzo de la guerra y escaramuzas, los primeros meses de 1569, fueron favorables a los dos generales que mandaban los dos ejércitos, el de Granada por el marqués de Mondéjar y el del río Almanzora por el marqués de los Vélez, no por ello dejaron los moriscos de asolar la tierra y matar cristianos, de un modo tan brutal que muchos de ellos podrían ser considerados mártires de la Iglesia Católica. Desde la ciudad del Albaicín se prestaba ayuda y se daba información del movimiento de las tropas cristianas al rey Ibn Humeya que, de este modo, obraba en consecuencia y movía a lugares seguros sus tropas de monfíes y turcos venidos de Argel.

Esta fue la consecuencia por la que el rey, asesorado de nuevo por sus consejeros, mandó sacar a todos los moriscos del Albaicín. En la víspera de San Juan del año 1569, don Juan de Austria mandó a todas las compañías de la ciudad de Granada que concentrasen a los moriscos en el Hospital Real para ser expulsados lejos de su tierra, al interior del reino de Castilla. Fue tanto el temor que tenían que los llevasen a matar que el cura Albotodo, de origen morisco y querido por su pueblo, tuvo que intervenir para conseguir una cédula del Presidente de la Audiencia, don Pedro de Deza, en la que se garantizaba sus vidas.

Los hombres iban con las cabezas agachadas, los rostros cubiertos de lágrimas, las manos cruzadas, pensando en las haciendas que dejaban, en sus bienes, en sus cármenes y huertas que eran el resplandor del Albaicín y que, al poco tiempo de ser abandonadas, quedaron desoladas y desiertas, y más tarde destruidas, porque al estar sin vigilancia alguna, por la noches, se acercaban grupos de cristianos que entraban en sus casas, picaban las paredes y los suelos para buscar tesoros y el oro y joyas que creían habían escondido los mercaderes ricos, pensando en que volverían un día a recuperarlos y para evitar ser robados en el camino. Al poco tiempo que se despobló el Albaicín había muchas casas en completa ruina, de modo que se tuvo que poner la guardia que no se quiso poner al principio.

Solo quedaron los niños y ancianos, algunos oficiales y los mudéjares que fueron eximidos de la deportación por su condición, en base a acuerdos antiguos que tenían con los reyes cristianos.

Hay una leyenda o creencia de los vecinos del Albaicín que siempre nos relataban a los de la Alpujarra, decían que vendría un tiempo en que su sangre correría por la cuesta de la Alcazaba hasta cubrir una gran piedra que había al lado de la calle, y era cierto que en este día se cumplió, pues la gente (la sangre de los del Albaicín), era conducida por las compañías de soldados cristianos por esa cuesta para salir de él y nunca más volver.

Este es, también, el comienzo de nuestra historia, el instante en que varios mercaderes de la seda del Albaicín, bajo el auspicio de los señores de Pastrana, don Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli y su esposa doña Ana de Mendoza y de la Cerda, la tan conocida princesa de Éboli, que ese mismo año de 1569 habían comprado el señorío, se trasladan a vivir allí junto a un ingente número de moriscos. Allí renacería de sus cenizas el Albaicín granadino, allí renacerían los cármenes y el gusto por sus jardines y huertas, allí volvió a nacer la industria de la seda, se plantaron moreras, se construyeron telares, los mercaderes volvieron a trajinar en la Corte y en Toledo, a pesar del color negro oficial, las mujeres, en su intimidad, en sus vestidos de fiesta, volvieron a lucir las sedas tan delicadas de Pastrana, fabricadas por las manos expertas de los moriscos, herederos de las del reino nazarí de Granada.

La mula manca de Corral de Almaguer

Hubo un tiempo, perdido en la memoria de los habitantes de la Mancha Santiaguista, en que tener una mula (bestia como diría un vecino del siglo XVI) para ser usada como animal de trabajo en las labores del campo o para carga en los acarreos, denotaba el poder económico de una determinada familia.

Arando grande

Óleo “Arando Grande” de Nélida Cano

 

En efecto, su valor era comparable al de una vivienda. Por contra, el labrador se aprovechaba de ella para multitud de funciones, a las ya referidas de laboreo, habría que añadir, la de dar calor a la casa en los fríos y continentales inviernos manchegos, desde la cuadra que estaba pegada a la cocina, a veces, tan unida a ella que solo las separaba una puerta, así como el uso de su estiércol como abono.

Durante mis veranos en La Mota, cuando llegaba el frescor de la tarde después de la soñolienta siesta, me entretenía en ver como las mulas, una vez terminada la labor del campo, llegaban sueltas hasta los pilones de piedra medieval con agua fresca recién sacada del pozo, que servían de consuelo para apagar su sed; bebían ávidas en el Pozo de la Aldea, en la calle del Haldudo, en tantas otras …

Hoy día cuesta ver una mula por nuestras calles, en aquella época lo raro era ver a tantos vecinos como ahora. En el Catastro de Ensenada de 1752, para la villa de La Mota se contabilizaban los animales en: pollinos, jumentos, asnos o borricos como diríamos hoy día, unas 350 cabezas, mulas y machos, unas 250 unidades, eso para una población de unos 3.000 habitantes, lo que significaba unas 750 familias, o sea, casi un animal por cada familia.

Visto la importancia de tan útil y necesario animal para nuestros tatarabuelos, entramos a conocer nuestra historia que se desarrolla en el importante lugar de Corral de Almaguer, quizás la villa de mayor tamaño de toda la Mancha Santiaguista en este primer tercio del siglo, año de 1530.

Francisco Galán es un vecino de Corral de Almaguer. Durante los últimos años le han ido bien las cosechas en los campos de cereales que labra, de modo que ha decido que ya es hora de comprar una mula que le ayude a ser autónomo en las labores de labranza, trilla y carga de sus cereales. Para ello contacta con otro vecino de la villa, Gómez Ortiz, hombre hábil y astuto en los negocios, que es propietario de varias mulas y se aviene a venderle una al dicho Galán.

Se reúnen en el corral de Gómez Ortiz, donde Galán mira y remira cuál le gusta más y que se aproxime al precio que puede pagar por ella. Por fin se decide, toma la que cree que será buena y conciertan un precio de 23 ducados (8.625 maravedís) para cerrar el trato; una importante cantidad de dinero a la que Francisco Galán piensa sacar su rentabilidad.

Está muy feliz, cree que ha hecho una buena compra, además del trabajo que le va a quitar y del pago que no tendrá que hacer a otros para que le aren sus tierras. Pero, esta felicidad, se trastocó en pena y enfado, a la vez, al poco tiempo de comprarla. ¡Esta mula está manca de una pata!, el truhan de Francisco Galán me ha vendido una mula coja.

No podía creer que a él le ocurriese eso, ¿Cómo le había engañado después de mirar tanto en su corral? Se acercó a casa de su vecino, un experto y anciano labrador que tuvo mulas toda la vida. Cuando la reconoció le confirmó lo que ya sabía, esta mula tenía un defecto en la pata delantera, le iba a dar muchos problemas y, quizás, no tardando mucho, la tendría que sacrificar.

¡Adiós mis maravedís, adiós mi gozo! tanto tiempo ahorrando dinero para tener mi propia acémila, y en un instante perdidos mis ahorros, y mi ayuda en el campo, pensó Galán.

Dentro de lo malo, aún no había pagado un solo maravedí, solo se había limitado a firmar una carta de obligación de pago, por los 23 ducados, ante un escribano, así que con no pagar ya estaría compensado el estafador.

Pero Gómez Ortiz tampoco iba a entregar una de sus mulas sin cobrar dinero alguno, aunque estuviese manca. Contrató un procurador, pagó a un escribano y dirigió una carta pidiendo al gobernador del Partido de la Mancha y Ribera de Tajo, que actuase contra el moroso que no quería pagar la mula comprada, saltándose la carta de obligación firmada.

Atento a la carta de petición y a la de obligación, el alcalde mayor, licenciado Almodóvar, en nombre del gobernador, condenó a Francisco Galán que se ejecutasen sus bienes, para que con el dinero obtenido en pública almoneda se procediera al pago de la deuda.

Cuando el alguacil de la gobernación se presentó en su casa, Galán trató de darle todas las explicaciones posibles, pero no era cosa que le afectara, pues le dijo que él solo cumplía orden de comunicar el mandato de ejecución. Galán recibió la noticia y al día siguiente hizo su carta de poder para su procurador, quien, ante un escribano, para que diera fe de lo que decía en su carta, se presentó ante su Alteza, el rey don Carlos, en su Consejo de Ordenes, apelando de la ejecutoria del gobernador o que la hiciera nula o lo que mejor decidiera el Consejo en forma y manera de derecho.

El procurador suplicó que la carta fuese aceptada y que se revocase el mandamiento.

Los del Consejo la aceptaron y enviaron mandato a Gómez Ortiz para que se presentase, en un plazo de quince días, en persona o a través de su procurador, para que informase de lo ocurrido, dijera lo que fuere en contra de la apelación y nulidad solicitada por Francisco Galán, y reclamase su derecho y justicia, de modo que, si se presentaba se le aplicaría justicia, pero si no lo hiciera, perdería el pleito en favor de Galán. Además, ordenaron que se entregase un traslado, en un plazo máximo de seis días, de la solicitud de apelación y nulidad que Galán había presentado en el Consejo.

El pleito se celebró. El licenciado Almodóvar condenó a Gómez Ortiz a que se llevase su mula y liberó a Francisco Galán de la carta de obligación de pago por los 23 ducados; aunque dio una segunda alternativa si no lo hacían en esta manera, podría quedarse Francisco Galán con la mula y pagar a Ortiz tres mil maravedís que era el justo precio en que se tasó. Vea el lector que Ortiz trató de engañar en más de cinco mil maravedís a Galán.

Al tiempo que se pronunciaba esta sentencia, Francisco Galán solicitó que se diese por nula la ejecutoria que todavía estaba pendiente contra él. El Consejo aceptó la solicitud y la dio por nula.

El Consejo de Ordenes recibía todas las peticiones y pleitos de los habitantes de la Mancha Santiaguista, cuando éstos apelaban y reclamaban justicia y desagravio en derecho, por cosas importantes y por cosas menores. El rey don Carlos como Administrador Perpetuo de la Orden y Caballería de Santiago estaba en la obligación de responder a sus súbditos.

Este pleito que nos ocupa se produjo entre los días 21 y 23 de noviembre de 1530.

Actuaba como presidente del Consejo de Ordenes, el conde don García Manrique.

Sentaron jurisprudencia del pleito, los licenciados Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento. La secretaría estaba bajo la supervisión de Francisco Guerrero.

 

 

 

 

Gastos del concejo del Quintanar en 1531

Todos los concejos de la Mancha Santiaguista, se puede considerar que no eran independientes para fijar lo que debían o necesitaban hacer dentro de su municipio. Si necesitaban comprar una tierra, hacer un edificio, sacar en procesión una imagen venerada o hacer unos gastos extraordinarios, no podían hacerlo, esa decisión correspondía al rey don Carlos como Administrador Perpetuo de la Orden de Santiago de la Espada, pues todos ellos estaban bajo su jurisdicción dentro del Consejo de Ordenes. Incluso disponer del dinero recaudado no era nada fácil, lo que se obtenía de los diezmos iba a la Iglesia y al Maestre, los maravedís que se recaudaban a los pecheros iba a la Corona, al final todo a don Carlos por ser Maestre y rey.

El Quintanar (Quintanar de la Orden) como es conocida por los pueblos comarcanos de la Orden, no es menos que las otras villas en esta problemática. Su concejo, como los otros, está saliendo tímidamente de la época medieval a un estado moderno, pero no es fácil, las antiguas costumbres impuestas por la Orden desde los tiempos ancestrales de la repoblación, a comienzos del siglo XIII, están muy arraigadas en los habitantes de la Mancha Santiaguista y no se pueden abandonar en pocos años; sirva como ejemplo la edificación de iglesias, en todas las villas se construyen nuevos edificios basados en un gótico tardío que llega hasta la década de los años 60 del siglo XVI, a pesar que ya estaba muy introducido el arte del renacimiento, son las tan conocidas iglesias de salón o columnarias, inspiradas en las alemanas “hallenkirche”, que tanto en La Mota como en el Quintanar comenzó a hacer su fábrica el cantero vasco maese Pero López, quien había fijado su residencia en La Mota y, por tanto, vecino de ella.

Este año de 1531, el concejo del Quintanar tiene necesidad de pagar los servicios de unos profesionales que ha contratado para mejorar la calidad de vida de sus vecinos, estos han sido los siguientes:

Tres celadores o escuderos (la palabra es difícil de transcribir en el texto) que desde muy antiguo los vecinos habían hecho votos y juros de tenerlos en la villa, posiblemente serían los encargados de vigilar la antigua cerca medieval que rodeaba la villa, a los que han pagado una cantidad de 10.000 maravedís anuales.

Un herrero para que sirva las necesidades de los vecinos en la fabricación de herramientas, para las labores del campo, hierros para mulas y jumentos, etc, se le pagan 4.000 maravedís. La herrería era una de las primeras y más solicitada actividad que los vecinos reclamaban para que se instalase en las villas, se puede deducir por el salario que se pagaba, pues era uno de los más altos.

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La Fragua

Francisco de Goya

 Un barbero que cuida de la salud de los vecinos, hace sangrías, remedia los dolores de muelas y otras enfermedades, 1.000 maravedís cada año. Estos barberos eran más curanderos que profesionales de la medicina, curaban más en base a experiencias y conocimientos transmitidos que en base a un método médico y científico, muchas veces producían la muerte, por infecciones, en lugar de sanar al enfermo.

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Los guardas de los montes del Quintanar recibían 4.500 maravedís. Oficio muy necesario pues los abusos que cometían los habitantes de la villa y de las otras de la comarca eran muy notables. Cada villa tenía uno o varios montes poblados de encinas milenarias, una especie de sotobosque, que abastecía las necesidades de madera y de donde se recogía la bellota, muy apreciada para alimentación de personas y cría de los cerdos. La recogida de madera estaba regulada en cantidad, época y pago de multas por medio de ordenanzas que los guardas se encargaban de hacer cumplir, los infractores eran objeto de multas cuantiosas e incluso la cárcel de la villa. La recogida de bellota estaba regulada, desde la Edad Media, por ordenanzas de la Orden, solo se podía recoger hacia la festividad de Todos los Santos en el mes de noviembre, sobre este particular hay escrito un artículo en mi blog, titulado “La guerra de la bellota entre La Mota y El Toboso”, los vecinos de La Mota acuden al monte del Toboso a robar la bellota y éstos les hacen frente, produciéndose heridos entre ellos y penas para algunos infractores.

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Comic del gran dibujante Alex Piera Lillo

Un mensaje que siempre lanzo en mis escritos, la Mancha Santiaguista no tuvo el paisaje de campos de cereales y viñas de la actualidad, hasta mitad del siglo XVI estaba poblada de grandes extensiones de encinas, desde Socuéllamos, pasando por Manjavacas, El Toboso hasta el Quintanar, Villamayor y Corral de Almaguer, y desde Criptana, La Puebla de don Fadrique, Los Hinojosos y La Mota, hasta los límites del marquesado. Ese océano de encinas verdes daba un carácter mágico a nuestra Mancha, cada vez que paso por ella observo que, poco a poco, comienzan a crecer. Despertemos nuestra conciencia para que las encinas vayan en aumento.

Las bellotas que daban las encinas milenarias eran prodigiosas, de un tamaño fuera de lo normal que no pasaban desapercibidas a la vista de cualquier humano. Cervantes las cantó en el Quijote:

“Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las estimaré en mucho, por ser de su mano …”

 “Y en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla.”

El ayuntamiento tiene empleados dos escribanos públicos, que se encargan de registrar las actas de las reuniones del concejo, las escrituras de tierras y haciendas, las cartas de poder y, en general, de todos los documentos legales, no en vano son los notarios de la época que dan fe de lo que escriben y su documento es sinónimo de verdad. Cobra cada uno 2.500 maravedís cada año (véase lo dicho anteriormente, un herrero cobra 4.000 maravedís y un notario 2.500 ¡Qué diferencia con los tiempos actuales!).

Todos estos salarios ascienden a la no despreciable cantidad de 24.500 maravedís (el escribano se equivoca en la suma y dice que asciende a 25.500 maravedís, ¿A tan temprana edad comenzábamos con las sisas?).

Los oficiales del concejo, alcaldes ordinarios, que solían ser dos, y regidores, que solían ser tres, se preguntaban ¿cómo vamos a pagar esta cantidad? ¿de dónde la obtendremos?, como ya hemos dicho, todos los maravedís por impuestos y diezmos pertenecen al Maestre de la Orden o al rey, por tanto, de esas cantidades no podían guardar nada para sus necesidades.

Sí queridos amigos lectores, han acertado, la respuesta era bien sencilla y fácil de pensar: escribiremos una carta al rey, a su Consejo de Ordenes, solicitando que nos permita hacer un reparto entre los vecinos por medio de un impuesto extra. Ningún ayuntamiento ha inventado nada, todo estaba pensado desde muy antiguo.

Comentar que este reparto en el caso de los médicos o barberos se hacía por igual entre todos los vecinos, de ahí viene la expresión “iguala” que usamos cuando contratamos los servicios de un médico o una sociedad médica, pagando una cantidad mensual o anual.

Dicho y hecho los alcaldes ordinarios del Quintanar mandan hacer un escrito a uno de los escribanos del ayuntamiento, solicitando la cantidad referida.

El Consejo de Ordenes delibera y escribe una carta en nombre del rey don Carlos, dando licencia para repartir los maravedís solicitados en este presente año de 1531 puesto que no da tiempo para obtener información, pero para los dos próximos años de 1532 y 1533, el Consejo de Ordenes debe enviar un delegado que compruebe que los gastos son reales y que el ayuntamiento del Quintanar no tiene medios para pagarlos y por tanto hay que repartir, además se revisarán los libros de la mayordomía del concejo.

Los maravedís recogidos a los vecinos, producto del reparto, se entregarán a una persona llana y abonada (una persona que sea honrada) y se irán asentando los gastos en el libro de cuentas del concejo a medida que se gasten, junto con el justificante del pago, de manera que se pueda inspeccionar por cualquier persona que el rey envíe para ello.

Licencia dada en la villa de Ocaña, a 11 días del mes de marzo, año de 1531.

Presidente del Consejo de Ordenes, el conde don García Manrique.

Licenciados, Luján, Pero de Neyra y Sarmiento.

Secretario, Francisco Guerrero.

La villa de Ocaña tuvo la jurisdicción de la Provincia de la Mancha hasta los años sesenta que pasó a la villa del Quintanar por mandato y nueva ordenación del rey Felipe II.

 

Transcripción del manuscrito por Enrique Lillo Alarcón

[AHN,OM,AHT,leg.78171]

 El conçejo del Quyntanar

Ocaña

março

de IU d xxxi años

 

Al governador del Partydo de Tajo o su te-

nyente que este presente año e los dos venyderos

de quinyentos e treynta e dos e d xxx iii, aya ynfor-

maçión delas cosas ordinarias que el conçejo

del Quyntanar deve, e sy hallaren que

no tiene de que lo pagar, que dé liçençia para lo repartir

en cada uno delos dichos vecinos

 Don Carlos, etc.

A vos el my governador o juez de resydençia que es o fuere del Partydo de la Mancha e Ribera de Tajo o a vuestro lugarteniente en el dicho ofiçio, salud e graçia.

 Sepades que por que del conçejo dela villa del Quyntanar me fue hecha relaçión, por su petiçión, que en el my Consejo dela dicha Orden fue presentada, diçiendo que el dicho conçejo paga, ordinariamente en cada un año, los maravedís siguientes a los tres celadores que antiguamente están votados e jurados, diez myll maravedís, e a un herrero, porque sirva en la dicha villa, quatro myll maravedís, e a un barbero myll maravedís, e a los guardas delos montes dela dicha villa quatro myll et quinyentos maravedís, e a los escrivanos públicos e del conçejo dos myll e quinyentos maravedís, que monta en todo veynte e çinco myll e quinyentos maravedís.

 E porque para pagar lo susodicho, no tiene el dicho conçejo propios ny rentas, me suplicavan e pedían por merçed, les mandase dar liçençia para hazer repartimyento entre los vezinos, dela dicha villa, para ello, o como la my merçed fuese.

 Y en el dicho my Consejo fue acordado que devía mandar dar esta my carta para vos en la dicha razón.

E yo tóvelo por bien.

 Porque vos mando que si por para del dicho conçejo fuéredes requerido, que le déys liçençia para repartyr los dichos maravedís por esta presente manera de: myll e quinyentos e treynta e un años, e para los dos años primeros venyderos de quinyentos e treynta e dos, e quinyentos e treynta e tres, cada uno dellos, ayáys ynformaçión e sepáys si es ansy que el dicho conçejo deve e acostunbra pagar los dichos juros delas cosas de suso declaradas, e si tiene propios o rentas o le deven deudas de alcançes de quentas pasadas de que puedan pagar las (…) que halláredes que provisionastes para lo susodicho o parte dellos, e venys para ello los libros delas mayordomyas o quentas del dicho conçejo.

 E asy dada la dicha ynformaçión, si por ella halláredes que el dicho conçejo es obligado a pagar, cada un año, los dichos maravedís delas personas dichas, o de qualquyer o a quales quyer dellas, e que no tienen propios o rentas, ny les deven devdas e danças de quentas para lo pagar, en tal caso mando que en my nonbre, déys liçençia e facultad al dicho conçejo para que puedan hazer repartimyneto entre los vezinos dela dicha villa, en quantya delos maravedís que por la dicha ynformaçión halláredes que son menester para lo susodicho, los quales mando de my parte.

E yo, por las presentes, les mando que hagan cojer e deposytar en poder de persona llana e abonada para lo pagar del susodicho e no para otra cosa alguna. E que hagan libro çierto e verdadero de cómo lo repartieren e pagaren, para que den dello quenta a la persona que por my mando la obiere de resçibir.

 E los unos ny los otros no hagades ny hagan endeal por alguna manera, so pena dela my merçed e de diez myll maravedís para la my Cámara.

 Dada en la villa de Ocaña, honze días del mes de março, año de myll e quinyentos e treynta e un años.

El conde don Garçía Manrique

Liçençiado Luxán / Liçençiado Pero de Neyra / Liçençiado Sarmyento

secretario Françisco Guerrero

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