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Historia en la Mancha

La Casa de Peso de El Toboso

Desde el Consejo de Ordenes, en nombre del rey Carlos I, envían carta al concejo de El Toboso, fechada en 3 de marzo de 1531, para reclamar información de la relación de gastos que tiene que pagar por los gastos diversos que dicho ayuntamiento ha contraído para este presente año, entre los que se encuentra el pago por adquirir una Casa de Peso.

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Plaza Mayor de El Toboso

Los ayuntamientos de las villas de la Mancha Santiaguista tienen escasos propios y recursos con que financiar los pagos de los contratos, obras y personas que necesitan para cubrir las necesidades de sus habitantes. Una gran parte de esos recursos se van en gastos de pleitos, los juicios son continuos, se pleitea por todo y con todos, un gran mal que, con el paso del tiempo, provocó el empobrecimiento de esos ayuntamientos.

Debido a su pertenencia a la Orden de Santiago y a que el rey don Carlos es el Administrador Perpetuo de ella, por autoridad apostólica del Papa Adriano VI, que, por cierto, llegó a España desde Flandes con el séquito del rey y por tanto muy afín a él, y debido a esa falta de recursos de los concejos, éstos tienen que pedir permiso al Consejo de Ordenes, la institución real que trataba los problemas de los territorios de las órdenes militares. Esos pagos, al no tener propios, se realizaban obteniendo el dinero necesario por medio de repartos entre los vecinos pecheros de las villas. El Consejo de Ordenes, por su parte, analizaba las relaciones e informes que les llegaban; a veces, enviaban a algún juez o emisario que veía la situación in situ, y decidía si concedían las peticiones, que, finalmente, firmaba el rey.

Este año de 1531, el ayuntamiento de El Toboso, tiene necesidad de realizar unos pagos por valor de 68.700 maravedís (183 ducados y 75 maravedís), una importante cantidad que se reparte entre los siguientes gastos:

Compra de una casa, junto a la Plaza Pública, para hacer una Casa de Peso, por importe de 8.700 maravedís (23 ducados y 75 maravedís).

Un letrado que tienen contratado para atender a los números pleitos, 4.000 maravedís (10 ducados y 250 maravedís).

Reparación de los pozos concejiles, 3.000 maravedís (8 ducados).

Para la construcción de unas herrerías que el Alcalde Mayor del Partido ha mandado que se hagan, 10.000 maravedís (26 ducados y 250 maravedís).

Para continuar el pleito que el concejo trata con Pedro Alonso, vecino del Quintanar, para otro que llevan con Diego de Guadalupe, vecino de La Mota, para un tercero con todos los habitantes de Pedro Muñoz, y otro más con el concejo de Miguel Esteban, 20.000 maravedís (53 ducados y 125 maravedís).

Para pagar el salario de un médico, que se ha contratado, para que cure a los vecinos de la villa, otros 20.000 maravedís.

Para otros gastos imprevistos, 3.000 maravedís.

Sepades que por parte del conçejo dela villa del Tovoso, me fue hecha relaçión por su petyçión que en el my Consejo dela dicha Orden fue presentada, dizendo que el dicho conçejo tiene de gasto y a de pagar, este presente año de myll e quinyentos e treynta e un años, los maravedís syguyentes:

para pagar una casa que an conprado en la dicha villa, junto con la Plaça della, para hazer una Casa de Peso, ocho myll e seteçientos maravedís; e a un letrado que tienen salariado, quatro myll maravedís; e para reparar çiertos pozos conçegiles, tres myll maravedís; e para hazer unas herrerías por mandado del alcalde mayor del dicho Partydo, diez myll maravedís; e para la prosecuçión de un pleyto que tratan con Pero Alonso, vezino del Quyntanar, e otro con Diego de Guadalupe, vezino de La Mota, y otro con los abitantes en el lugar de Pero Muñoz, e otro con el conçejo de Myguel Estevan, veynte myll maravedís; e para el salario de un médico que cura en la dicha villa, otros veynte myll maravedís; e para otros gastos que a todo día se le recresçen tres myll maravedís, que son por todos sesenta e ocho myll e seteçientos maravedís.

E que porque para la paga de todo los susodicho, el dicho conçejo no tyene propios ny rentas, que me suplicavan e pedían por merçed, les mandase dar liçençia para hazer repartimyento entre los vezinos dela dicha villa, en contya delos dichos sesenta e ocho myll e seteçientos maravedís, que diz que para ello son menester, o como la my merçed fuese.

Observe el lector la importancia de tener un letrado por la cantidad de pleitos que se sucedían, y el poco salario que se le daba comparado con el médico, cuya figura adquiere una gran relevancia en estos comienzos del s. XVI. Los habitantes de las villas de la Mancha Santiaguista, comienzan a preocuparse mucho por su salud, todas intentan contratar un médico que se pagaba entre todos los vecinos, con una cantidad igualada por un año, de aquí la palabra, usada hasta el siglo pasado, que definía los contratos con médicos o clínicas particulares, las conocidas como “igualas”.

En El Toboso, desde la Edad Media, existió una gran preocupación por el cuidado de sus pozos; proporcionar a sus habitantes un agua de buena calidad fue una constante de todos sus concejos, de modo que, cada equis tiempo, los reparaban y curaban para que estuvieran en perfecto estado de uso. No en vano, hoy día, tiene el más importante legado histórico de pozos de toda la Mancha Santiaguista, por el contrario de sus vecinos donde se han cegado la mayoría de ellos. Es un gozo y disfrute, para el viajero, pasear por las calles de El Toboso y encontrar una placeta con un conjunto de pozos que nuestros tatarabuelos afloraron en la Edad Media.

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Estos comienzos del s. XVI son también el inicio de la construcción de herrerías. En este caso es el Alcalde Mayor del Partido, que se situaba en la ciudad de Ocaña (aún Quintanar no era la capital de la Mancha Santiaguista) quien manda, no solo a El Toboso, sino también al resto de villas de su Partido, la edificación de herrerías dedicadas a fabricar aperos para labranza y herrajes de caballerías, ya que son los comienzos del gran desarrollo agrícola que se produjo en nuestra región, con el penoso proceso del talado de encinas para abrir campos al cultivo de cereales de secano y viñas, proceso que deterioró la conservación de la tierra y de los numerosos humedales existentes en ella.

La gran cantidad de pleitos y el gran gasto que los concejos empleaban en ello; entonces éramos muy parecidos a la sociedad norteamericana actual, quienes pleitean por cualquier cosa; en aquella época, las diferencias en las interpretaciones de la honra, el honor, los derechos de tierras, usos y costumbres adquiridos, significaban, de inmediato, la apertura de un pleito, que comenzaba en las justicias ordinarias de los alcaldes y, la mayor parte de las veces, terminaban en el Consejo de Ordenes, como consecuencia de las continuas apelaciones que se sucedían. Uno de los que aquí se mencionan es el del vecino de La Mota, Diego de Guadalupe, cuya persona y sucesores he podido constatar de su existencia, a través de la transcripción de numerosos manuscritos correspondientes a dicha villa.

Finalmente, como título a este pequeño estudio y colofón de él, el concejo de El Toboso ha gastado 8.700 maravedís en la compra de una Casa de Peso, que se situó junto a la Plaza Pública de la villa, lo que hoy llamamos Plaza Mayor.

Esta Casa de Peso tenía una importancia enorme para el ayuntamiento, pues, a través de ella, podía conseguir cierta independencia en la obtención de los recursos que le eran necesarios.

¿Cuál era su función? Mantener un conjunto de patrones de pesos y medidas que sirviesen para la verificación de los que los vendedores de la villa y foráneos usaban en el comercio de productos, evitando los fraudes que se producían con mucha frecuencia.

A su cargo se asignaba un almotacén, persona con un amplio abanico de cometidos, además de verificar los pesos ya comentado, podía fijar los precios de mercado, controlar incluso el peso de la moneda, encargado de que se cumpliesen las ordenanzas del concejo en cuanto a pesos, vigilar y controlar vendedores y ventas, poner multas por incumplimiento de todo lo anterior y, en muchas villas de la Mancha Santiaguista, cobrar el portazgo o portazguillo dependiendo del lugar, cuyo impuesto, por ejemplo, en La Mota, era el cobro de una cantidad de maravedís por las mercancías que se entraban y sacaban de la villa.

Así, un jueves 15 de octubre de 1478 los visitadores de la Orden de Santiago nos explican qué era el portazguillo de La Mota:

Tiene más el portalguillo, que es de los que vyenen a vender de fuera a la dicha villa, e se vende, e de lo que sacan conprado. El portalgo vale quinientos maravedís este año.

Almotacén, y su función almotacenía, es una palabra de origen árabe medieval que, en sus comienzos, tuvo una función religiosa dentro del colectivo musulmán que estaba asentado en la Península Ibérica, para, más tarde, convertirse en una puramente económica de control de pesos.

La propiedad del cargo de almotacén se lo reservaba el rey, la Orden de Santiago o cualquiera de sus comendadores, por la importancia en el control del dinero de las transacciones que significaba. Pero hubo algunas excepciones, en La Mota, el cargo de almotacén era propiedad del ayuntamiento, según dice su escribano Francisco de Campos en el Catastro de Ensenada de 1752, por privilegio de los Reyes Católicos concedido por cédula real, cuyo manuscrito se ha perdido en las guerras anteriores. Era el concejo quien lo cedía en renta a algún vecino del pueblo, quien pagaba por dicha renta una cierta cantidad, en este año de 1752 Juan de Morales pagó 2.000 reales.

¿Por qué era tan importante para el concejo tener esa Casa de Peso?

Además de lo ya comentado de control en las transacciones comerciales y el dinero que obtenía de ello, tenía una importancia extrema para la imposición de impuestos extras.

Los oficiales de los concejos tenían dos formas de obtener dinero para sus gastos: haciendo reparto del gasto entre los vecinos, el “repartimiento”, o a través de la “sisa”, palabra que ha llegado hasta nuestros días con un significado parecido.

¿Cómo se hacía la sisa? Cuando un ayuntamiento quería obtener dinero, que no tenía, para hacer sus pagos, recurría a la disminución de la cantidad de producto entregada en la venta por medio de la manipulación del patrón peso, es decir, un pechero, nosotros, las personas normales que no tenemos exenciones de impuestos y que los pagamos religiosamente, vamos a comprar un producto al mercado, compramos, por ejemplo, 1 kg de garbanzos y pagamos por él el precio estipulado, pero el almotacén, siguiendo las órdenes de los oficiales del concejo, ha modificado el peso para que, al pesar, no sea 1 kg lo que nos entregan, sino 950 gramos; la cantidad de dinero correspondiente al precio de esos 50 gramos de diferencia, es la que se queda el ayuntamiento, como impuesto, para cubrir sus necesidades.

Ahora se entiende lo importante que era para los ayuntamientos santiaguistas tener y controlar una Casa de Peso y un almotacén, lo que siempre ha existido y existirá, “el impuesto que paga el pechero”.

Quiero dedicar este pequeño estudio de El Toboso a Marciano Ortega, buen alcalde que fue de esta villa y pilar de la Mancha Santiaguista, cuya familia, en estos días, ha sufrido la gran pérdida de Mari Carmen, Dios la tenga en su Gloria.

La Tercia Real perdida de Quintanar de la Orden

En Quintanar de la Orden, la que fue nombrada capital de la Mancha Santiaguista en tiempos de Felipe II, existió una Tercia Real, como en la mayoría de las demás villas que la formaron.

Perdida en la memoria de los hombres, queda su recuerdo en los manuscritos de la Orden de Santiago que nos dicen cómo fue y dónde estuvo situada. Ahora, para descubrir su ubicación precisa, solicito a los vecinos de Quintanar escudriñen en sus viviendas, corrales o edificios anexos y continuos, si existe un botarete (contrafuerte) o cornisa de piedra que descubra su edificación escondida.

El lugar donde mirar, los edificios cercanos a la Plaza.

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Parte de uno de los botaretes y cornisa de la que fue Tercia Real de El Toboso

Todas las villas de la Mancha Santiaguista pagaban los diezmos de pan y vino, además de otros y muy variados diezmos, a la Mesa Maestral, es decir, a la cámara del Maestre de la Orden de Santiago o lo que es igual, la entidad que englobaba sus rentas.

Estos impuestos requerían de una logística importante, había que guardar grandes cantidades de trigo y cebada, así como el vino recogido, en las tinajas que se fabricaban en El Toboso, en La Mota o en el mismo Quintanar. Por este motivo la Orden no tenía interés en ocuparse de tan arduo y complicado trabajo y lo dejaba en manos de los llamados renteros o terceros, personas que daban un dinero anticipado por lo que se suponía que se iba a obtener por la venta de los productos. Ellos se ocupaban de almacenarlo, de cuidarlo y de venderlo a su debido tiempo.

Durante la Edad Media, esos diezmos se almacenaban en casas particulares, pagando a sus dueños un alquiler por el uso del espacio, pues ni la Orden, ni los terceros disponían de un espacio grande para la ingente cantidad de producto que se recogía; pero el almacenamiento en casas particulares, cuando las necesidades eran tan enormes, ya se sabe en que podía terminar, los diezmos menguaban y los terceros perdían dinero. Continuamente se quejaban al Maestre, y a los visitadores de la Orden, para que la Mesa Maestral construyera Casas de Bastimento donde poder guardar el vino y el pan.

Así, el 30 de mayo del año 1500, durante la visita que realiza la Orden a Villanueva de los Infantes, los alcaldes y regidores de la villa reclaman al juez visitador y reformador Diego de Vera, comendador de Calzadilla, que les procure una Casa de Bastimento para guardar todo el producto recogido de los diezmos:

Este dicho día, los alcaldes e regidores e conçejo dela dicha villa, paresçieron ante el dicho vesytador. E dixeron que por quanto, en la dicha villa, se coje mucho pan e vino pertenesçiente a la Mesa Maestral, e a cabsa de no aver bastimento pyerde mucho dello, e, así mismo, muchos vesynos a quien se da en cargo delo coger e guardar, pierden mucho de sus hasiendas, e muchos vesynos, con ese temor, se an ydo a bevir a otras partes. E que sus Altezas no son servidos.

Por ende, que pedían e requerían, al dicho vesytador, que sobre ello aya ynformaçión de testigos, de como por ser mucha la cantidad del dicho pan, se an perdido e pierden muchos vesynos dela dicha villa, a quien se les da el dicho cargo. E an de haser, en la dicha villa, un bastimento para el dicho pan e vino, donde ello estará guardado. E sus Altezas serán servidos, e los vesynos dela dicha villa non perdidos e fatigados. E pidiéronlo por escrito.

Esta visita fue el pistoletazo de salida para la construcción de todas las Tercias Reales de la Mancha Santiaguista. Primero se decidió construir las de Villanueva de Alcardete y La Puebla de don Fadrique, la primera en manos privadas en la actualidad y la segunda en un estado de conservación muy lamentable. Después se construyeron las de Campo de Criptana (existente, muy deteriorada), La Mota (existente, comprada por el Ayuntamiento y reformada, se da un uso cultural y donde el profano puede hacerse una idea de cómo eran estas Tercias), Quintanar (desconozco su existencia), Villamayor de Santiago (existente, muy reformada), El Toboso (dividida en muchas viviendas y locales, conserva escasos vestigios).

Es de destacar que se solicita a sus Altezas, es decir, a los Reyes Católicos, eso ha llevado a la confusión que, por ejemplo, aún existe en La Mota, en afirmar que su Tercia Real fue mandada construir por los Reyes Católicos. Nada más alejado de la realidad, cuando estas Tercias Reales se comenzaron a construir, Isabel ya había fallecido, fue Fernando el que las mandó construir como Administrador de la Orden de Santiago, y fue su obrero (como se le llamaba en esa época, lo que sería en la actualidad su maestro de obras o arquitecto) Hernán Ruiz de Alarcón, el que supervisaba y contrataba su construcción.

Llegados a este punto me gustaría aclarar al lector, para que no confunda conceptos, los diferentes términos usados para definir los edificios donde guardar el trigo o el vino:

Casa de Bastimento era el edificio o lugar donde se guardaban los diezmos correspondientes a la Mesa Maestral.

Tercia Real era el impuesto que los Papas concedieron a los reyes cristianos de España, consistente en las dos novenas partes de los diezmos que recogían en las iglesias, para ser usados en las cruzadas contra los musulmanes de la Península Ibérica. La primera tercia real que se concedió fue al rey Fernando III el Santo, por bula del Papa Honorio III, hacia el año 1219, como algo extraordinario y temporal, pero que después, con los siguientes reyes, se convirtió en perpetuo.

Casa de Bastimento y Tercia Real llegaron a ser la misma cosa en tiempos de los Reyes Católicos, debido a que el Papa Borgia, Alejandro VI, concedió a Fernando el Católico el cargo de Administrador de la Orden de Santiago, en sustitución del grado de Maestre que desapareció a la muerte del último, Alonso de Cárdenas, en el año 1493. De este modo recaían en la misma persona, el rey, los diezmos de las Casas de Bastimentos y los diezmos de las Tercias Reales, así que con el tiempo predominó la definición última de Tercia Real.

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Tercia Real de La Mota

Otro edificio que el profano confunde es el del Pósito, lugar donde los concejos almacenaban grano para prestar a los agricultores, actuando como una caja de ahorros, el agricultor pedía prestado grano para plantar y devolvía lo prestado más una cantidad, entre el 2 y 4 por ciento. Estos pósitos, también llamados alholí o alfolí, existieron en todas las villas de la Mancha Santiaguista, Quintanar, La Mota, etc. El que mejor se conserva, con una gran prestancia, es el de Campo de Criptana.

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 Pósito de Campo de Criptana

Quintanar de la Orden fue de las contadas villas manchegas que tuvo una Casa de Bastimento desde los tiempos de los Maestres de la Orden.

Tenemos la primera noticia de ella en la visita del año 1480. Los renteros tenían almacenado trigo, cebada y avena, de este año y del anterior.

El concejo estaba en la obligación de repararlo si se producían desperfectos, así que los visitadores mandaron que se retejase y que hiciesen una pared hasta llegar a la calle, pues delante de la casa había un espacio libre sin construir, una especie de corral, de modo que estuviese cerrado, y se pusiera una puerta con cerradura y llave, como antiguamente solía estar (lo que quiere decir que la Casa de Bastimento tenía ya muchos años, siendo mucho más antigua de la fecha de 1480). Mandaron que una parte de la casa, que se había caído, la reparasen, sus columnas y tejados, para que allí pudiera vivir una persona que tuviera cuidado de la casa y del producto que se almacenaba dentro.

También visitaron las tinajas con vino que estaban en la casa, estando el concejo obligado a reponer esas tinajas que debían de ser en número de 30.

Quince años más tarde, en 1495, el concejo del Quintanar no había hecho nada de lo que los visitadores les habían mandado. No habían hecho las paredes del corral, que debían de ser de dos tapias en alto (1,7 m) con su barda encima, ni la puerta con cerradura, tampoco la vivienda para el vigilante en la parte de las columnas de la Casa de Bastimento. Por el contrario, se había deteriorado más pues se había caído un pedazo de tejado que mandan retejar.

Los visitadores no se fiaban que harían las obras y tomaron obligaciones, de sus bienes y haciendas, a los vecinos del Quintanar, Juan Pintado, Juan López de Almoradiel, Ferrando García de la Cabeza, Bartolomé Sánchez, Alonso Gómez de Pascual Gómez y Bartolomé López.

Transcurrieron tres años. En la visita de 1498, a pesar de la promesa y obligaciones de los vecinos del Quintanar, las obras no se habían hecho, por lo que los visitadores amenazaron con ejecutar los bienes de los vecinos, alcaldes y regidores. De nuevo se hizo una promesa por parte del concejo del Quintanar, pues tenían materiales comprados y un maestro de obras en la villa que lo podría hacer fácilmente, así que comprometieron sus bienes y haciendas, los alcaldes Pedro Fernández Pintado y Fernando García de Torrubia, los regidores Alonso García Calvo, Alonso Gómez y Miguel Sánchez, y con ellos el alguacil Pedro Martín.

Durante la visita del año 1500, los visitadores comprobaron que habían hecho las obras, excepto las tapias del corral y puertas grandes en la entrada por las que pudieran entrar las carretas. Volvieron a mandar que se hiciese bajo pena de tres mil maravedís.

La casa necesitaba ciertos reparos, unos cabríos encima del jaraíz o lagar se habían quebrado, mandaron repararlos y poner su madera y teja encima; una esquina de la casa que da a la de Cristóbal Ventura, estaba cayéndose, mandaron reparar la esquina y su hastial correspondiente.

En el año 1508 los visitadores encontraron la parte que hacía de bodega, donde estaba el lagar, todo caído y sin tinajas. Mandaron al concejo, por estar obligados a ello, que en un plazo de dos años esté levantado, reparado y con las 30 tinajas que deben de poner; el concejo informó a los visitadores que las tinajas las habían puesto en otra casa de la villa ya que se había caído la bodega. La Casa de Bastimento tenía dos partes en una sola planta, una la correspondiente al pan y la otra para el vino. Respecto a la parte del pan, mandaron que se hiciera de nuevo el tejado, que se pusiera su ripia y tejas nuevas; una vez hecho el tejado se separara la zona del trigo de la cebada.

El año de 1511 es el del comienzo de la construcción de la Tercia Real.

Cuando los visitadores llegan a ver la antigua Casa de Bastimento, encuentran que el jaraíz está descubierto, sin techado, todo muy viejo y destruido.

Al pedir explicaciones al concejo del Quintanar, éstos dicen que no están en la obligación de reparar la Casa, pues la han comprado y de ello tienen una probanza que van a enviar al Consejo de Ordenes; además les informan que tienen un nuevo sitio para construir la Tercia Real, muy bueno, cerca de la Plaza (por eso debemos buscar en los edificios aledaños al Ayuntamiento y Plaza del Grano) y que ya ha visitado el obrero del rey, Hernán Ruiz de Alarcón.

Durante la visita de 1515, los visitadores vuelven a visitar la Casa de Bastimento antigua, todo está muy viejo y cayéndose. El concejo dice que ya enviaron su probanza al Consejo de Ordenes donde se demostraba que la habían comprado, por tanto, no tenían obligación de repararla.

Hacía un año, es decir en 1514, que Ruiz de Alarcón había venido a la villa por mandado de Fernando el Católico, con varios maestros de obra que estuvieron tasando lo que era menester de hacer para construir la Tercia Real. Como era obligatorio se puso en pregón público por el Quintanar y todas las villas de la Mancha Santiaguista, siendo, finalmente, el adjudicatario Hernando del Provencio, de oficio cantero, que remató la obra en 132.000 maravedís.

El caso es que, pasado ese año, en la fecha de 1515, la obra no se había comenzado, ni Hernán Ruiz de Alarcón, ni sus maestros habían vuelto por Quintanar. De modo que los diezmos del pan y vino reciben mucha pérdida por ello.

Un nuevo manuscrito del año 1523, pero que contiene en su interior una carta, fechada en Valladolid, a 22 de noviembre de 1519, demuestra que la nueva Casa de Bastimento, la nueva Tercia Real, ya se había comenzado a construir, es decir, en el lapso de tiempo entre el año 1515 y 1519 se comenzó, por lo que es fácil de determinar que pudo ser hacia el 1517.

Sepades que, por parte del conçejo dela villa del Quyntanar, me fue fecha relación, por su petiçión, que en el my Consejo dela dicha Orden fue presentado, diziendo que yo ove mandado hazer una casa de bastimento, en la dicha villa, para el pan e vino dela Mesa Maestral, la qual fue fecha en un sytio que el dicho conçejo tiene çensuado dela dicha Mesa Maestral por dozyentos e sesenta e çinco maravedís en cada un año, por ende, que me suplicaban e pedían por merçed que, pues el dicho bastimento es para la dicha Mesa Maestral, e para lo faser fue tomado el dicho sytio, mandase dar por libre e quyto, del dicho çenso, al dicho conçejo, e que no les fuese pedido ny demandado, o que çerca dello les mandase proveer de remedio con justiçia, como la my merçed fuese.

Más tarde, en la visita de 1525, los visitadores de la Orden visitan esta Tercia Real y la describen así:

Está cerca de la Plaza. Está hecha de cal y canto, de cuatro tapias en alto (3,5 m), tiene en el medio una danza de arcos de yeso (igual que las arcadas que existen en la Tercia Real de La Mota).

El concejo confirma que el cantero Hernando del Provencio es el encargado de la obra, que está hecha por fuera pero no terminada del todo, dicen que Hernán Ruiz de Alarcón recibió la fianza correspondiente y dineros para que se hiciese. Mandaron llamar a Ruiz de Alarcón que se encontraba en El Toboso, probablemente inspeccionando la Tercia Real que se estaba construyendo allí, éste apareció el 29 de junio, sin ningún tipo de escrituras, ni razón de lo que pasaba. Los visitadores le mandaron que se terminen las obras y se cumplan conforme a las condiciones y obligaciones que se han contraído, para terminarlas el día de Todos los Santos de este año de 1525, bajo pena que costeará las dichas obras de sus bienes.

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Siguiendo los cánones de construcción de las Tercias Reales,

Así pudo ser la Tercia Real de Quintanar de la Orden

 

Un nuevo manuscrito encontrado confirma que la Tercia Real de Quintanar de la Orden se terminó de construir. Fechado en Madrid, el 15 de mayo de 1567, bajo el reinado de Felipe II, se habla de ella:

Nuestro alcalde mayor que sois o fuéredes del Partido dela villa del Quintanar, sabed que Lucas de Carrión, en nombre della, nos a hecho rrelaçión que, a causa dela poca cosecha de pan que en la dicha villa obo los años pasados, ay al presente tanta falta que casi todos los vezinos lo compran para poderse sustentar, y pasan neçesidad por no hallar de donde llevarlo ni comprarlo, y si no se proveyese, la dicha villa, del pan que los tesoreros dela Mesa Maestral tienen en la Terçia della, tomándolo para el proveymiento delos vezinos, sería más y mayor la dicha neçesidad.

Y otro nuevo de 1735, sobre un tumulto acaecido en la villa de Quintanar, por querer sacar trigo de la Tercia Real, confirma que seguí operativa en esta fecha.

Todos estos documentos y manuscritos confirman la existencia de la Tercia Real de Quintanar, como no podía ser menos, por ser villa de la Mancha Santiaguista, por ser capital del Partido del Quintanar en la Provincia de la Mancha y por ser cabeza de la Mesa Maestral en el s. XVIII. Solo nos queda buscar algún vestigio de ella que nos preserve nuestra memoria histórica.

Este estudio formará parte de un futuro libro, sobre las edificaciones y curiosidades, de los que fueron los primeros edificios civiles construidos en piedra de toda la Mancha Santiaguista, que escribiré en un espacio de tiempo, espero que no muy lejano.

Enrique Lillo Alarcón

para Centro Cervantino CXXI

 

 

 

Las exequias del emperador Carlos y el escudo de la Tercia Real de Mota del Cuervo

Felipe II celebró las exequias por la muerte de su padre, el emperador Carlos, en la ciudad de Bruselas. Los funerales comenzaron el 29 de diciembre de 1558 en la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula.

El día siguiente se organizó un gran cortejo, partiendo del Palacio Real de Condernberg en el Quartier de la Cour, tenía su final en la mencionada Catedral. Presidido por el propio nuevo monarca, el boato fue extraordinario. Entre los muchos dignatarios que lo formaban nos interesa destacar que, una parte del cortejo, estaba formado por jinetes y caballeros portando, cada uno, los diferentes estandartes y conduciendo los diferentes caballos con las cubiertas de las insignias de los diferentes Reinos, Estados, Ducados, Condados y Señoríos que el difunto era poseedor.

Tiene especial interés, para este estudio, las armas que representaban a la Corona de Aragón en este cortejo fúnebre, porque son las mismas que se usaron en el escudo singular que se colocó en la parte superior del arco de medio punto de la entrada principal de la Tercia Real de Mota del Cuervo, lo que confirma que, en dicho escudo, Fernando el Católico tuvo la osadía de poner sus insignias frente a las de Castilla. Digo singular porque el rey Fernando II, el Católico, no las usó en otra representación, al menos que yo conozca, por eso es única.

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Cortejo fúnebre del emperador Carlos

Este escudo, desde mi punto de vista, representa la venganza de Fernando sobre Isabel, por los siguientes razonamientos:

Isabel, cuando murió su hermano Enrique IV, reunió a los nobles principales que estaban en la corte y pronunció un vibrante discurso que les llevó a aceptar su proclama como reina de Castilla, en Segovia, el 13 de diciembre de 1474, en contra de la heredera, su sobrina Juana hija del rey Enrique, pero también en contra de su propio esposo, en realidad no en contra, sino más bien sin su conocimiento.

Fernando se encontraba en Cataluña defendiendo los intereses de su padre Juan II contra el levantamiento de los catalanes. Cuando le llegó la noticia de la proclamación de Isabel como reina de Castilla sin contar con su beneplácito, se enfadó mucho. Hay que tener en cuenta que ambos eran reyes de Sicilia, Fernando no podía permitir que su esposa fuera reina sin contar con su persona.

Usando caballos de postas, salió de Cataluña y se presentó en Segovia en tres días un tiempo record para la época. Atendiendo al protocolo real solicitó permiso para visitar a la reina, pero Isabel, haciendo gala de su carácter Trastámara, no le permitió entrar en la ciudad, de manera que le tuvo varios días soportando las inclemencias del frío invierno segoviano.

Imagínense un machito ibérico, en los finales de la Edad Media, rey de Sicilia y heredero de la Corona de Aragón, que tenía que soportar el agravio de su legítima esposa, que no le aceptaba como superior suyo en la casa Trastámara, por ser él el varón, y tampoco como rey de Castilla por matrimonio. Cuando Isabel permitió a Fernando entrar en Segovia el 2 de enero de 1475, a pesar de los hielos, la temperatura subió enormemente.

A raíz de estas violentas discusiones se firmó la Concordia de Segovia, donde Isabel permitía a Fernando un cierto grado de mando: le permitía ser rey junto con ella y mientras ambos vivieran, “tanto monta, monta tanto”, y aparecer en primer lugar en los documentos, pero, y muy importante, la Corona de Castilla, pasaría a los herederos de Isabel, de modo que, cuando ella falleciera, Fernando no podría ser rey de Castilla por sí mismo.

Pienso que Fernando nunca perdonó a Isabel este agravio.

Cuando Isabel falleció en Medina del Campo, el 26 de noviembre de 1504, a consecuencia de una hidropesía debido al cáncer de útero que le apareció por tantos hijos como tuvo, la Corona de Castilla pasó a ser propiedad de su hija Juana y de su esposo Felipe el Hermoso.

Fernando no respetó el duelo debido, en un plazo menor de nueve meses tomó en matrimonio a una joven de 18 años llamada Germana de Foix, sobrina de su peor enemigo, el rey Luis XII de Francia, con el que había luchado y al que había vencido en la conquista de las antiguas posesiones de sus padres, el reino de Nápoles, al que tenía tanto cariño, donde había puesto tantos recursos de los reinos hispánicos y del que estaba muy orgulloso y ufano de su nueva reconquista.

¿Con qué objeto este nuevo matrimonio? Para tener descendencia, para tener un heredero que fuera monarca en la Corona de Aragón, por eso, la supuesta unión de los reinos hispánicos, es una verdad a medias. Si el hijo, Juan de Aragón y Foix, que tuvo con Germana no hubiese muerto a las pocas horas de nacer, las Coronas de Castilla y Aragón se hubiesen separado en esos comienzos del s. XVI, nadie puede adivinar que hubiese sucedido después.

Más tarde Fernando también murió, a consecuencia de la ingesta de cantárida, la viagra de la Edad Media, unos polvos que se obtenían del escarabajo verde, que tenían propiedades para dilatar músculos, pero que, a la larga, perjudicaban la salud.

Fernando, a pesar de tener vedada la Corona de Castilla, no por eso dejó de ostentar un cargo que mantuvo hasta su muerte, Administrador de la Orden de Santiago por autoridad apostólica del Papa Borja, Alejandro VI. Por tal título le correspondía ser Maestre de la Orden y, por consiguiente, la administración de los diezmos e impuestos que la Orden recogía en sus extensos territorios.

Mota del Cuervo es una de las poblaciones que formaron el Común de la Mancha en tiempos del Maestre don Fadrique, para después formar parte de una región muy concreta, la Mancha Santiaguista, el lugar donde nació la palabra Mancha.

Tras el fallecimiento de la reina Isabel, y a petición de los visitadores de la Orden de Santiago, Fernando mandó construir edificios, denominados Tercias Reales, por todas las villas de la Mancha Santiaguista, para guardar los diezmos de pan y vino que pertenecían a la Orden y a él como Administrador de ella. El encargado fue su maestro de obras Hernán Ruiz de Alarcón.

Tercia Real de Mota del Cuervo

Tercia Real de Mota del Cuervo

Todas las Tercias se construyeron de un modo parecido. Sobre el arco de su entrada principal se instalaba un escudo real que representaba a Castilla, pues todas las villas pertenecían al reino de Toledo en su Provincia de Castilla. Todos los escudos fueron así excepto el de Mota del Cuervo, aquí dejó Fernando su impronta, sus armas y su venganza sobre Isabel.

En Mota del Cuervo puso sus armas en lugar de las de Castilla:

El primero y cuarto cuarteles: primera mitad las barras de Aragón, segunda mitad Dos Sicilias.

Segundo y tercero cuarteles: armas del reino de Nápoles del que tan orgulloso estaba por su conquista; pero también, la primera mitad, las flores de lis sobre azur correspondían a su nueva esposa Germana de Foix por ser de la Casa de Francia, la segunda mitad, la Cruz de Jerusalén, era una potestad del rey de Francia, Luis XII, que se la había cedido cuando tomó matrimonio con Germana.

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Representación del escudo de Fernando el Católico en la Tercia Real de Mota del Cuervo

De modo que, en este escudo, Fernando no incluyó ningún símbolo de Castilla, haciendo de menos a Isabel, e incluyó los símbolos de Francia pertenecientes a su nueva esposa.

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Escudo en la actualidad

En algunas ocasiones, cuando he hecho funciones de cicerone en esta singular Tercia, he explicado estos motivos, pero merece la pena hacer llegar a todo el público interesado estos pedazos de la historia cotidiana que no se reflejan en los libros de historia.

Dedicado a mi amiga, técnico de turismo de Mota del Cuervo, María Ángeles Cano Zarco, por hacer llegar estas historias y otras muchas a todos los visitantes que se acercan a nuestra localidad.

 

 

 

 

 

Noticias de la ermita de Ntra. Sra. del Valle

El pueblo más mariano en toda la Mancha Santiaguista es, sin duda, Mota del Cuervo.

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Ermita del Valle

Fotografía de David López Bellón

El próximo domingo se encuentran, en La Mota, Ntra. Sra. de la Antigua de Manjavacas y Ntra. Sra. del Valle. Las dos vinieron corriendo, por la prisa que tenemos los moteños de tener a Nuestra Madre entre nosotros, nada menos que un mes, cuando la primera se va es reemplazada por la segunda, de este modo no quedamos huérfanos durante todo agosto. Pero aún hay más, cuando parece que solo nos queda el consuelo de ir a visitarlas a sus respectivas ermitas, cuando parece que nos quedamos huérfanos de nuevo, tenemos la visita de Ntra. Sra. de los Ángeles, la “Virgen de Arriba”, la de los molineros.

Camino de Los Hinojosos, resguardada en la falda de la Sierra, hay una ermita que guarda las imágenes de Ntra. Sra. del Valle y San Agustín, protectores de las cantareras, (perdónenme los cantareros, el oficio es femenino, Las Cantarerías, las cantareras, como si de seres espirituales se tratara, desplazan su alma a las manos para dar vida al barro inerte), y es así, por tantas y tantas ocasiones en que han pasado por delante de su puerta para recoger su materia prima; a fuerza de tanto ir y venir, de tanto rezar en su capilla por la salud de su familia, por su trabajo, se convirtieron en sus patrones.

Ntra. Sra. del Valle estaba agradecida por las oraciones que le dedicaban sus hijos. San Agustín también salió ganando, pues en el s. XVI había quedado relegado a una segunda posición en favor de San Gregorio Nacianceno que, el 19 de mayo de 1548, estando reunidos en la iglesia clérigos, oficiales del concejo y casi todo el pueblo, por la mano de un niño inocente que sacó su papeleta, quedó nombrado como patrón y abogado, para salvar al pueblo de la gran plaga de langosta que asolaba todas las tierras de la Mancha Santiaguista. Por esta adversa circunstancia, San Agustín acabaría en la ermita del Valle, y San Gregorio Nacianceno acabó desapareciendo del mapa santoral de La Mota.

No hay mucha documentación manuscrita de la ermita del Valle.

Aparece en las Relaciones Topográficas de Felipe II, que se hicieron en La Mota el 1 de diciembre de 1575. En la pregunta 51 de dichas relaciones se dice lo siguiente:

“Al capítulo zinquenta y uno dijeron que, en esta villa y su jurisdiçión, ay una ermita de la Asunçión de Nuestra Señora, y Santa Ana, y San Sebastián, y San Pedro, y de Nuestra Señora del Valle, y otra de Nuestra Señora en Manjavacas. Y no a avido milagros ningunos.”

Por consiguiente, es muy probable que se construyese, la dicha ermita, hacia mediados del s. XVI, aunque no aparece entre los mandatos de la visita de 1574.

Después tenemos noticia de ella, por la visita de los visitadores de la Orden de Santiago celebrada el 5 de mayo de 1603. Un aspecto que quiero resaltar, por ser poco conocido, es el de sus dos antiguos mayordomos.

“Visitaron la hermita y los vienes de Nra. Señora del Valle. Y tomaron las quentas a Françisco López, mayordomo, y aviéndole echo cargo y todo su descargo, fue alcançado en 6.966 maravedís.”

El primer mayordomo conocido de Ntra. Sra. del Valle se llamó Francisco López, no lo hizo del tomo mal, pues tuvo un superávit de casi siete mil maravedís.

En la visita del Prior de Uclés Peña Carrillo a La Mota, el año de 1610, encuentra al siguiente mayordomo conocido de la ermita, Lucas López.

Parece como si fuera una constante que los mayordomos de la ermita de Ntra. Sra. del Valle tuvieran el nombre de López.

Dedicado al actual presidente de la Hermandad Ntra. Sra. del Valle y San Agustín, Goyo López Martín.

¡Qué casualidad! Se apellida López.

 

 

 

Un relojero de la Mancha Santiaguista

Debió de nacer a finales del s. XIX, en un pueblecito de la provincia de Segovia cercano a la capital, donde mandan las Aguedas, al menos una vez cada año, Zamarramala.

Nadie sabe por qué Felipe Nuevo se hizo relojero, pero sí que era uno muy bueno; era capaz de reparar un reloj fabricando las piezas que se habían roto y dejarlo como su apellido, nuevo. Además, aprendió los secretos de la joyería.

Archivo 16-4-17 19 03 23Reloj de la Torre del Ayuntamiento de Mota del Cuervo, se conserva en la Tercia Real

Casó con una mujer a la que quiso mucho, Teresa Arnaiz, que le dio 17 hijos, de los que solo vivieron seis hasta su edad adulta.

Ella le ayudaba en sus tareas, sobre todo en la limpieza del oro y plata de las joyas que le daban para reparar, pero no podía hacer mucho más, eran tiempos muy difíciles, tuvo que cuidar la casa y los niños donde le tocase vivir en cada instante de su vida. Tampoco le importaba quedar sola, era una mujer de carácter y templanza enormes, que le bastaban para tomar las riendas de cualquier situación, entiéndase bien, sí le importaba, porque su marido andaba siempre por esos caminos, expuesto a sufrir algún asalto y robo por la mercancía que llevaba, era una época en que no existía seguridad en los viajes, aunque siempre iba acompañado de un par de personas que le ayudaban con su negocio y le defendían de los malhechores.

Felipe se tuvo que convertir en trashumante de su oficio, no había trabajo suficiente para mantener a su familia, por eso no podía quedar en un sitio fijo, continuamente se desplazaba de una población a otra, buscando qué reparar y vender, para ello tenía una tartana con su mula aderezada, que le servía de taller y, a veces, de cama, pues no siempre tuvo una posada a mano para poder descansar.

Esta forma de vivir condicionó su vida y su forma de ser.

Sucedió en uno de sus continuos desplazamientos, pueblo tras pueblo, con destino final Talavera, le acompañaban en la tartana Teresa y los cuatro hijos que tenían en ese momento, eran niños muy pequeños cuyas edades iban desde los siete a un año, marchaban felices pues para ellos suponía una gran novedad, unida a su corta edad la sorpresa y emoción del viaje. Todo se desarrollaba con normalidad, las comidas en el campo, al lado del camino, dormir en una cama de lana en la posada, la alegría de los padres y hermanos, hasta que Dios puso a prueba a esa familia. Uno de los niños de pronto enfermó, tenía fiebre muy alta, le costaba trabajo respirar y no podía comer con normalidad, ya que no podía tragar la comida. Teresa estaba preocupada, hizo todo lo que pudo hasta llegar al próximo pueblo donde parar, pero nunca pensó que podría ser mortal, como lo fue, no dio tiempo a llegar a la posada.

Imaginen el sufrimiento de unos padres, en un pueblo extraño, viendo el cuerpo inerte de su hijo, de menos de cinco años, sobre una cama prestada. El médico del lugar no supo que pudo haber sucedido y no pudo dictaminar la enfermedad. Con gran dolor lo enterraron, con la soledad del cura y la familia que ya no creía en la magia del viaje.

No tuvieron más remedio que continuar el camino, pero al poco de salir, otro de los pequeños y el mayor, comenzaron a enfermar con los mismos síntomas que su hermano muerto. Felipe, muy asustado, metió a la mula toda la prisa que podía soportar con la carga que llevaba; Teresa, en la tartana con los niños, trataba de aliviar la fiebre y consolar con agua sus secas gargantas, también tuvo la prudencia de separar al hijo sano, sentándolo, con su padre, en el asiento de tabla delantero.

Al atardecer llegaron al siguiente pueblo, entraron en la posada y Felipe fue enseguida, acompañado de un muchacho, a la casa del médico, volvieron muy rápido. Cuando por fin los analizó, dio su trágico dictamen, era muy tarde para hacer nada, los niños iban a morir. Teresa, a los pies de la cama de sus dos angelitos, no podía dejar de llorar, Felipe, como hombre, aguantaba, pero los ojos, como si de un borracho se tratase, mostraban ese tono vidrioso de la embriaguez y pena del instante en que estaba el fúnebre cuadro.

Los niños murieron y fueron enterrados con el dolor acumulado por la desgracia continua que les azotaba ¿Por qué no paraba aquello? ¿No iban de viaje con toda la felicidad del mundo? ¿Cuál había sido su pecado? …

Era un tiempo en que las medicinas escaseaban en los pueblos, muchos de los remedios que se aplicaban los proporcionaba el boticario mezclando hierbas. El médico hacía todo lo que podía, consultó su vademécum y manuales, llamó a algún colega amigo, tampoco la comunicación era fácil. Por fin creyó encontrar la causa de la enfermedad, corriendo se acercó hasta la posada para informar a los padres,  – sus hijos han sido víctimas del garrotillo, la difteria, una enfermedad de tipo epidémico que afecta a los niños -, por lo que les dijo que tendría que dar cuenta a la guardia civil y aislarlos en prevención de contagio a los demás niños de la población.

Háganse cargo de la situación, la familia en una posada de un pueblo de Toledo, lejos de la capital, que ha perdido ya tres hijos por una enfermedad epidémica, con otro que podría estar contagiado. La voz se corrió por el pueblo, los aislaron como apestados, a pesar que el médico decía que solo corrían riesgo los niños y ancianos; no pudieron pisar la calle, ni tan siquiera salir de su habitación de la posada.

Al paso de pocos días el cuarto hijo enfermó, los mismos síntomas, los mismos temores, los mismos llantos, nadie podía decir de donde salían tantas lágrimas, pues casi no habían comido ni bebido cosa alguna, pero el sentimiento de una madre es capaz de dar todo hasta el infinito. Simplemente murió, no hubo medicina que aliviase su enfermedad.

Trece días habían transcurrido, solo trece trágicos días, trece puñales que atravesaron el corazón de Teresa, que lamentaba cada instante en que decidió que podrían ir todos juntos de viaje.

En el patio de la posada, Felipe ajustaba el arnés de la mula a la tartana, subió las escaleras hasta el cuarto fúnebre, tomó a su pequeño entre sus brazos y deshizo el mismo camino, seguido, de lejos, por una pareja de la guardia civil. Desde las paredes de la sala y los muros del patio de la posada, manteniendo la distancia, la gente les observaba, alguna mujer tapaba su boca con un pañuelo blanco. Felipe colocó el cuerpecito en la tartana y lo envolvió en una sábana blanca.

Pareciera que la mula no quería llegar al cementerio, su paso era lento y pesaroso, tras ellos, el cura y la pareja hacían de acompañamiento. Cuando llegaron hasta la puerta, el guardia civil más viejo se acercó a Felipe:

– De orden de la autoridad competente, le comunico que su hijo deberá ser enterrado en una fosa a la que echaremos cal viva –

Felipe no contestó nada, no levantó la cabeza del suelo, su pena era tan grande que no podía alzar la vista, se acercó a la parte trasera de la tartana y sacó una escopeta que armó en un instante; sin que los guardias tuvieran tiempo de reaccionar, apuntó a los presentes y dijo con toda la calma del mundo, pero con todo el poder que da tantos días de desgracia acumulados sobre su cuerpo y su mente:

– Señores, mi hijo va a ser enterrado en una caja de madera, como cualquier otro niño, ni más ni menos. Si me obligan a enterrarlo en cal viva aquí va a suceder una tragedia –

Todos se miraron preguntando con la vista, el párroco dijo algunas palabras, en voz baja, a los guardias civiles y consintió con la petición de Felipe. El cuarto niño descansó en su cajita de pino, en un pueblo innombrable de la provincia de Toledo.

Desde aquellos días, Teresa se hizo más fuerte si cabe. Felipe sintió la misericordia de Dios y se convirtió en una persona muy caritativa; cuando venía algún labrador sin dinero a reparar el preciado reloj de bolsillo, herencia de su abuelo, y preguntaba por el coste, no le cobraba, – ¡Bah! No ha sido nada, era una pequeña pieza que estaba fuera de sitio – decía, o le respondía, – dame esos tomates que llevas en la cesta, con eso me doy por bien pagado -, cuando él sabía que debería haber cobrado una buena cantidad por las horas de trabajo que le había llevado y el trueque no las compensaba.

Teresa, en alguna noche de verano, cuando se quedaban solas tomando el fresco a la puerta de la casa del Quintanar, contaba a su nieta Maruja estas historias, siempre le gustaba terminar diciendo:

– Recuerdo aquella mañana que estábamos a la puerta de la relojería que tenía tu abuelo Felipe en la calle de San Agustín, con aquel reloj tan hermoso en la fachada. Se acercó hasta la tienda de ultramarinos, que estaba en frente, Angustias, una vecina pobre, mujer de un jornalero al que tu abuelo le había reparado el reloj varias veces sin cobrarle nada, se acercó hasta el tendero y le pidió unos céntimos de cacahuetes. El tendero comenzó a poner en un cucurucho de papel unos pocos, eran tan pocos que no habría llegado a la Plaza Echegaray sin que hubiese dado cuenta de todos ellos. Tu abuelo y yo estábamos atentos a la escena, sin darme apenas cuenta cruzó la calle, se acercó a la pobre mujer y le dijo:

– Buenos días señora Angustias, ¿cómo están su marido y los chicos? –

– Bien don Felipe, los chicos bien, mi marido, este mes, con poco trabajo, hay poco jornal en el campo para hacer –

– ¿Para qué necesitas cacahuetes? –

– Es que … hoy estamos con poco dinero y algo debemos comer, a los niños les gustan mucho los cacahuetes, están muy ricos, ¿sabe usted? –

Felipe, dirigiéndose al tendero, le ordenó:

– Paco, envuelve esas dos longanizas que tienes en ese estante, este medio queso, pon un kilo de garbanzos y judías, un buen trozo de tocino y esa ristra de chorizos, ¡ah! y otro kilo de naranjas, con tan buena pinta, que tienes en esa caja –

Teresa decía riendo:

– Si tu abuelo hubiese cobrado todo lo que dio y trabajó, no habría habido casa para guardar el dinero –

Sí, después de la tragedia de los niños, se deshizo de toda su hacienda y tomó el camino, una vez más, hacia la Mancha Santiaguista, hacia Quintanar de la Orden, la que fuera capital de ella, desde donde pensaba rehacer su vida y seguir con su oficio de relojero.

Además de conocer tan bien su oficio, era una persona de gran intuición para los negocios. Tomando como centro su vivienda de Quintanar, se desplazaba por todas las villas de los alrededores, ya no se alejaba a tanta distancia y tanto tiempo como antes, en ellas ofrecía su trabajo. Comenzó haciendo las ferias de los pueblos vecinos, pronto nombró personas que trabajaban a comisión para él; en cada villa tenía una persona de confianza que reunía el trabajo de reparación de relojes, encargos de arreglo o venta de joyas, que se acercaba hasta el Quintanar para entregárselo, él le daba a cambio una comisión por el negocio que traía y su desplazamiento.

Las cosas, por fin, funcionaban bien, fueron años de felicidad y prosperidad, la gente le quería mucho por su modo de ser, tan caritativo con todos. Pronto, el cura párroco le hizo el encargo del mantenimiento del reloj de la iglesia, nunca dejó de funcionar, lo mantuvo en perfecto estado, engrasada su maquinaria, la cuerda en orden, siempre dando las horas a punto. Más tarde le entregó las llaves de la iglesia y del cuarto del reloj, para que entrase cuando fuera menester sin tener que estar él presente. Al poco tiempo abrió el local de la relojería joyería en la calle de San Agustín, próximo a la iglesia.

Los hijos también llegaron para alegrar a la familia, algunos se perdieron en el camino, pero quedaron seis, Miguel, Juan, Felipe, Josefa, Teresa y Divina.

Luego la guerra vino para quedarse en todas las casas de la Mancha Santiaguista, todos sufrieron, algunos más que otros, pero todos se vieron afectados. Felipe y su familia fueron respetados por todos los grupos políticos, él había tratado a todos por igual, con el mismo respeto al que tenía mucho como al pobre, nadie tuvo intención de hacerle daño nunca, pero lo que tenía lo perdió, el dinero de un bando y otro no sirvió para nada en cada instante de la guerra.

Como un ave fénix, volvió a resurgir de sus cenizas y prosperó de nuevo. Iba enseñando a sus hijos el oficio de relojero, y en verdad que tenía alumnos aplicados, pues lo aprendieron bien, cada vez le traían más relojes para reparar y éstos le ayudaban con todo el trabajo. A su hija Teresa le gustaba la confección y la colocó con el maestro sastre para aprender el oficio; junto con el sobrino de éste, Felipe Mota, aprendió a marcar, cortar, planchar, hacer trajes y vestidos, al tiempo que se divertía. A decir de Teresa, Felipe fue un gran amigo y con él pasó momentos de risas y diversión que fueron impagables.

Fue el instante que Felipe quiso dar un paso más hacia adelante. Desde La Mota le llegaba más trabajo que de ningún otro sitio, así que le pareció buena idea aprovechar esta circunstancia y montar una relojería y joyería, de modo que así lo hizo. Cerca de la Plaza instaló la relojería Nuevo, poniendo al frente de ella a su hijo mayor Miguel, desde donde mantuvo en orden los relojes de todos nuestros abuelos y, como no, el reloj de la Plaza, cuya maquinaria aún se conserva guardada en el interior del edificio de la Tercia Real.

Durante los primeros compases del mantenimiento del reloj, fue ayudado por Felipe, su padre, que se acercaba desde el Quintanar a La Mota con bastante frecuencia. Éste le indicaba, cuando tenía que engrasar y con qué tipo de unto, como reparar la cuerda y ajustar las pesas para mantener en hora las manecillas. Miguel Nuevo aprendió bien y continuó la labor durante unos cinco años más, pasados los cuales decidió trasladarse a Pedro Muñoz donde creía que podía prosperar mejor que en La Mota.

Estos cinco años son los que dedicamos, con cariño, a nuestro relojero de La Mota, por cuidar de nuestro reloj de la Plaza.

Pero no solo Felipe nos dejó a su hijo por un tiempo, también nos envió a su querida hija Teresa que, por aquel entonces, ya había aprendido muy bien el oficio de costura, de modo que, aprovechando la estancia de su hermano Miguel, inauguró una academia de corte y confección en La Mota, donde muchas de nuestras abuelas aprendieron a hacerse y arreglarse sus vestidos.

Esta academia de señoritas y los encargos de ropa que le hacían, le dio para vivir durante largo tiempo; venían de todos los lugares a comprarle ropa, hasta desde Santa María de los Llanos se acercaban andando a la academia y a solicitarle vestidos, para la fiesta, para alguna boda o bautizo. Ella continuó en el pueblo cuando ya su hermano Miguel se había marchado a Pedro Muñoz, y le pudo haber dado mucho más si hubiese estado un poco avispada, pues Colorín le ofreció asociarse con él para vender vestidos ya confeccionados, él pondría las telas y Teresa la costura y las ideas, una especie de “El Corte Manchego”, pero Teresa no veía con buenos ojos asociarse con un hombre en los negocios de costura, eran otros tiempos muy distintos a los actuales.

En La Mota conoció a su futuro marido y en Quintanar se casó y vivió.

Felipe en el Quintanar fue feliz, desde allí manejaba su negocio y tenía colocados a sus hijos. Nadie podría asegurar que no acabaría tranquilo sus días, junto a Teresa, en la paz y sosiego que ofrecen las villas de la Mancha Santiaguista. Pero Dios le había preparado una nueva prueba, una también difícil como la de los pequeños, quizás para asegurarle un buen sitio junto a Él.

Aquel día había subido a dar cuerda al reloj de la iglesia. Cuando bajó, al pie de la escalera, le esperaban el párroco y otras personas que le preguntaron si había devuelto las joyas de la Virgen que había llevado a limpiar, tenía tanta confianza con el cura que éste le entregaba las joyas, que los fieles donaban, para que su mujer Teresa las limpiase, con todo cuidado, en la joyería. Felipe dijo que, por supuesto, él las había devuelto y estaba muy ofendido que se dudase de su honradez. El párroco asintió y, desde luego nadie le denunció, porque el cura no dudaba de él, no había pruebas que le inculparan, además, el tener llaves para acceder al reloj no le posibilitaba el acceso a la sacristía, donde se guardaba el tesoro de la Virgen.

Salió de la iglesia desencajado, estaría en boca de todos, ¿cómo era posible que se sospechara de él? No daba crédito a lo que había oído en la iglesia. Al llegar cerca de su casa se cruzó con una vecina,

– Pero Felipe ¿qué te pasa? –

– Me han “matao”, me han “matao” –

No supo decir ni explicar nada más. A Los tres meses de este suceso, con 54 años, Felipe Nuevo, el relojero de toda la Mancha Santiaguista, moría, y lo hacía de ninguna enfermedad conocida, solo por la preocupación que alguien pensase que no era una persona honrada, que alguien pudiera pensar que se había llevado las joyas de la Virgen. Dios, en su misericordia, le tiene en el Cielo haciendo coronas de plata y oro para todos los santos y ángeles del Coro Celestial, y poniendo en hora los relojes de la eternidad.

No hubo acusación de ningún tipo, pero todos sabemos lo que sucede en nuestros pueblos, siempre hablamos más de la cuenta, antes de conocer la verdad juzgamos, y ésta puede llegar disfrazada con el tiempo. Así sucedió, un buen día apareció en la prensa un anuncio de una casa de empeño, decía más o menos así:

“Si la persona Fulano de Tal no viene a desempeñar las joyas que obran en nuestro poder (continuaba una descripción de las mismas), vamos a proceder a la subasta y venta de las mismas”.

Ya el lector habrá comprendido que las joyas eran las mismas que habían faltado del tesoro de la Virgen. La familia de Felipe descansó.

Todos los hijos del relojero de la Mancha Santiaguista siguieron su camino:

Miguel Nuevo, pasó de La Mota a Pedro Muñoz, de allí de nuevo a Quintanar, para pasar luego a Los Navalmorales, desde donde regenta, su hijo Felipe, una relojería joyería en el pueblo cercano de Navahermosa.

Felipe cruzó el Atlántico y se instaló en Brasil, donde tiene varios locales de relojería y joyería.

Juanito se quedó en su relojería de Alcalá de Henares.

Pepa, la mayor de las chicas falleció a la longeva edad de 98 años. Divina, la pequeña, aún vive.

Los hijos de Teresa Nuevo, también con vida y buena salud, se dedicaron a diversas ocupaciones no menos importantes e interesantes, aunque distintas de la relojería, ellos son los transmisores del espíritu de caridad y bondad del relojero de la Mancha.

Mayordomo de la ermita de Ntra. Sra. de Manjavacas, 1610

Siempre ha existido un mayordomo que cuida de Ntra. Sra. de Manjavacas, siempre ha existido un pueblo que la cuida desde que, año tras año, nos visita en su villa de La Mota.

Nosotros, agradecidos por los bienes que nos regala, la traemos corriendo, llenos de alegría, porque necesitamos que llegue hasta nuestro pueblo, sin perder un solo instante de las dos semanas que nos concede al año.

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Preparando la Traída

Fotografía de La Carnicería Gráfica

En el año de 1610, el mayordomo de Ntra. Sra. de Manjavacas es el vecino de La Mota, Andrés Sánchez de Bacas.

En realidad, el manuscrito dice que era mayordomo de las ermitas de Manjavacas, lo que significa que aún existían las dos ermitas: la de Ntra. Sra. de la Antigua y la de San Pedro. Además, como si no fuera suficiente este oficio, también ostentaba la mayordomía de la Cofradía de Ntra. Sra. del Rosario.

Como todos los mayordomos que han cuidado de Nuestra Virgen, desde la Edad Media hasta nuestros días, estoy convencido que lo haría bien y lo mejor que podía y sabía, pero el Prior de Uclés, subiendo un poco el listón de su buen hacer, le impuso varios mandatos para el control de cuentas y gastos, que debía materializar en el plazo corto de un mes.

Este manuscrito de mandatos, nos permite conocer como a tan temprana edad ya se regulaban las cuentas, como no se abandonó el cuidado de Ntra. Sra. de Manjavacas y como todos estaban atentos para que nada faltara. Nos ha permitido conocer su mayordomo y la fecha en que desempeñó su oficio.

Nos ha permitido conocer el Prior de Uclés que visitó las ermitas, uno bien nombrado y famoso por sus actos, de noble familia, don Gonzalo Peña Carrillo (algunos ponen unidos los apellidos y otros, separados), que ejerció su cargo desde el 3 de agosto de 1608 hasta el 20 de febrero de 1611, perteneciendo a la época de priores no perpetuos, sino que eran sustituidos cada cierto tiempo por un nuevo electo.

Manda el Prior, al mayordomo Andrés Sánchez de Bacas, que haga inventario de los bienes de las ermitas ante notario público, dándole un plazo de un mes para ello y para que envíe certificado de haberlo hecho. Manda que si incurre en un gasto superior a 8 reales (272 maravedís) debe ser con libranza del cura de La Mota, es decir, con su autorización y con los fondos establecidos, solicitando carta de pago al que recibe los maravedís; pero si el gasto es menor a los 8 reales, solo necesita carta de pago; si no cumple con estas condiciones del gasto, no se le contará el dinero empleado y repercutirá en su bolsillo.

Sin más les dejo la transcripción, realizada por mí, de los mandatos contenidos en el manuscrito:

Mandatos de la hermita de Ntra. Sra. de Manjavacas

(1)   Que el dicho Andrés Sánchez de Bacas, dentro de un mes dela notificación destos mandatos, haga inbentario jurídico y en pública forma de todos los bienes, e muebles, y rayces, que la dicha hermita tiene, y embíe testimonio de cómo lo a cumplido dentro del dicho mes, so pena de dos mill maravedís aplicados a disposición de Su Señora.

(2)  E delos gastos que se hicieren, tocantes a la dicha hermita, siendo de cantidad de ocho rreales arriba, sea con libranza del cura desta villa y carta de pago de quien rrecibiere los dichos maravedís, y siendo dela dicha cantidad abajo, tome carta de pago, so pena que, lo que de otra manera gastaren, no se rrecibirá en quenta.

 Ansí lo mando y firmo

G. Por. Uclensis

(Don Gonzalo Peña Carrillo, Prior de Uclés)

Jerónimo Juárez, notario

Los Hinojosos. Limosnas de las Ánimas del Purgatorio

Todas las villas de la Mancha Santiaguista, desde los albores de su formación hasta su desarrollo como comunidad, tuvieron un especial sentimiento por el destino de las Ánimas del Purgatorio, se daban limosnas, se rezaba, se decían misas para la salvación de estas almas, para que pronto alcanzaran el Cielo y la visión perpetua del Ser Divino.

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“Bajo el hermoso cielo que estoy pintando caminaban de dos en dos”

La Divina Comedia, Purgatorio, Libro II, Dante Alighieri, Grabado por Gustave Doré

Cada villa tenía su sistema de pedir limosnas, dinero que se empleaba en decir misas o comprar luminarias para purgar las almas; los feligreses y vecinos daban esos pocos maravedís con gusto porque a ellos les tocaría estar en la misma situación. Por ejemplo, en La Mota el dinero que se obtenía por la venta del hielo del Pozo de Nieve, se empleaba en sufragar los gastos por los actos en favor de las ánimas.

En Los Hinojosos de la Orden habían implantado un sistema sencillo, en los “hornos de pan cozer” u “hornos de poya” como también se denominaban, se acostumbraba, desde tiempo inmemorial, a colocar una cesta donde, cada familia que iba a cocer pan, dejaba alguno como limosna; más tarde ese pan se vendía al que necesitaba y que no había cocido, empleándose el dinero en los gastos de las misas y cirios.

“en la dicha villa, se a acostumbrado de mucho tiempo a esta parte, que en los hornos de pan cozer della se ponya una çesta, para que todas las personas que coziesen pan, en los dichos hornos, diesen limosnas dél para las Ánymas de Purgatorio.”

Hay que decir que Los Hinojosos era población importante, pues el manuscrito habla de más de un horno instalado. Estos hornos solían pertenecer al comendador o al propio concejo, quienes se aprovechaban del pago que se hacía por su uso. Las familias solían hornear de mes en mes; con una fanega de harina amasaban para obtener unos 48 panes de a kilo, oscilando el pago por uso del horno de entre 3 a 4 panes cocidos, alrededor del 8% del producto. Como he referido, también se llamaban hornos de poya; no existe una explicación para esta denominación, la que he encontrado, que podría ser posible, hace referencia a los poyos que se construían en los laterales del propio horno; allí se colocaba la masa, se dividía en panes y, una vez cocido, se dejaba enfriar para llevar a casa; así, por estos poyos, se llamarían hornos de poya, y, al pan allí cocido, pan de poya.

Con el dinero de la venta del pan y el tabaque que estaba en la iglesia, se decían algunas misas por las Ánimas del Purgatorio, además de poner dos cirios, alumbrando el altar mayor de la iglesia, durante la celebración de la misa mayor. El tabaque era un cestillo donde se recogían limosnas en la iglesia.

“E que de aquello e del tabaque que anda por la yglesia dela dicha villa, se dezían çiertas mysas por las dichas Ánymas de Purgatorio, e se ponyan dos çirios grandes en el Altar Mayor, dela dicha yglesia, quando dezían en ella la mysa mayor.”

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Iglesia de Los Hinojosos

Esta situación era buena para todos, para las almas en pena y para los feligreses que descargaban sus conciencias, hasta que intervino el cura párroco, el freyle de la Orden de Santiago Martín Hernández de la Vara, quien comenzó a quedarse para sí las limosnas de las Ánimas. Los hermosos cirios que alumbraban el altar mayor dejaron de ponerse, en su lugar unas pequeñas candelas, unas velitas como las que llevaban los feligreses el día de Todos los Santos; las misas se fueron espaciando cada vez más, para hacerse alguna de vez en cuando.

“E que agora diz que vos, el dicho cura, os avéys entrometido y entrometéys a tomar e avéys tomado, para vos, las dichas limosnas. E no queréys poner ny ponéis, en el dicho Altar, los dichos çirios, salvo unas candelas pequeñas delas que llevan, a la dicha yglesia, por los diguntos, ny dezís, por las dichas Ánymas de Purgatorio, las mysas que soys obligado.”

Los vecinos no podían hacer nada contra el cura, de modo que, todos de acuerdo, fueron hasta el ayuntamiento para exigir a los oficiales del concejo, alcaldes y regidores, que llevaran su petición ante el rey don Carlos.

Estos mandaron al escribano del ayuntamiento que redactara un escrito dirigido al Consejo de Ordenes de su Majestad, en el que se decía que los vecinos recibían mucho agravio y daño porque no se decían las misas por las Ánimas, solicitaban que se nombrase a otro clérigo de la villa, para que las hiciese y colocase los cirios en el altar como se tenía por costumbre, y pedían que pusiera remedio con su justicia y su merced.

El Consejo de Ordenes estudió el caso y mandaron una carta de provisión al cura, donde se redactaba el mandato del rey:

Obligaba al cura y al concejo que se reuniese y nombrase a una persona para pedir las limosnas de las Ánimas (un baçinador), que anote en un libro el dinero recibido y dé cuentas al cura.

Que el cura nombre un capellán que diga misa en la iglesia, cada día, al alba, para que los labradores y trabajadores puedan oír misa, antes que vayan al campo y a sus oficios.

De las limosnas pagará el salario del capellán. Si éstas fueran en mucha cantidad, se emplearán en decir misas.

Obligó al concejo a vigilar al cura para que cumpliera los mandatos anteriores, si no lo hiciera debía enviar relación al Consejo de Ordenes.

Si no se cumplían los mandatos dados, tanto al concejo como al cura, se le impondría una pena de 50 ducados de oro, para ser empleado en obras pías.

Se dio en la villa e Ocaña, el 23 de febrero de 1531

Formaban el Consejo los licenciados Luxán, Perero y Sarmiento.

Actuó como secretario, Francisco Guerrero.

 

Danzantas de La Mota en 1576

Un nuevo manuscrito sobre la tradición de las danzas y autos sacramentales, que el concejo de La Mota viene haciendo desde muy antiguo, sale a luz, para hacernos comprender como la guarda de nuestras costumbres, forman parte de nuestra historia, nos une y nos da cohesión e identidad de pueblo.

 

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Fotografía de Lola Arinero

El último manuscrito presentado estaba fechado en Madrid a 11 de marzo de 1599, reinando el rey don Felipe III. Con el nuevo manuscrito, del AHN, que ahora mostramos, hacemos más antigua nuestra tradición, llevándola hasta el 28 de noviembre de 1576, durante el reinado del rey don Felipe II, y cumpliéndose solo cinco años de la terminación de la gran Guerra de la Alpujarra. Sin embargo, hay que decir, que la tradición es más antigua de esta fecha conocida, pues el propio manuscrito ya lo expresa así:

“Por quanto, por parte de vos, el conçejo, justiçia y regimiento dela villa de La Mota, nos ha sido hecha relaçión, que, en la dicha villa, se a usado y acostumbra gastar, a cada año”

Es decir, se ha usado y se acostumbra a gastar dinero para la Fiesta del Corpus Christi, antes del año 1576, fecha del manuscrito.

Así es, el concejo, justicia y regimiento de La Mota, solicita licencia al rey don Felipe II, a través de su Consejo de Ordenes, situado en la capital de la Corte, Madrid, para que les permita gastar 30 ducados en danzas y representaciones de autos, para engrandecer y solemnizar la Fiesta del Santo Sacramento (Corpus Christi).

¿Quiénes en La Mota, bailan, danzan y representan ante el Santo Sacramento?

Tienes razón, amigo lector, “Las Danzantas de La Mota”, esos ocho ángeles y el Porra que las dirige y vigila, sin dejar de lado el acompañamiento, tan importante como los demás.

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Fotografía de Lola Arinero

La representación de los autos sacramentales, también debieron ser famosos y conocidos en todas las villas comarcanas. Quizás Cervantes hizo alusión, a estas representaciones de La Mota, en el capítulo 11 de la segunda parte del Quijote, en la aventura de “La carreta de las Cortes de la Muerte”, cuando dice:

“Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aquí se parece”

¿Sería La Mota ese lugar que Cervantes no quería nombrar y que estaba bajando esa loma?

En ese mismo capítulo aparece un personaje vestido de bogijanga, de moharracho (un Zagarrón, un Porra), con muchos cascabeles, con un palo, en cuya punta, traía tres vejigas de vaca hinchadas, daba con ellas en el suelo y atacaba a las personas, haciendo sonar, al tiempo, los cascabeles.

Querido lector ¿Le suenan esos nombres, Zagarrón, cascabeles? ¿No es el origen, en un tiempo remoto, del Porra que dirige a Las Danzantas?

El Consejo de Ordenes estudia la petición, concede el gasto y la celebración de la Fiesta, dando permiso al concejo de La Mota para que muestre esta provisión a los jueces y justicias que ven sus cuentas, de modo que no sean rechazadas.

Fue proveído en Madrid, el 28 de noviembre de 1576.

Firmado por los señores del Consejo de Ordenes:

El licenciado don Antonio de Padilla. El licenciado don Joan de Zuazola. El licenciado don Miguel Marañón.

Secretario del Consejo, Pedro de Solchaga.

 

Recomendaciones:

Leer los siguientes estudios de mi blog de historia de la Mancha Santiaguista.

http://historiademota.com/lillodelamancha/2016/12/08/manuscrito-de-las-danzantas-de-la-mota/

Revista nº5 de Historia de Mota del Cuervo. Asociación de Amigos por la Historia de Mota del Cuervo.

 

Transcripción del manuscrito AHT,leg.78719, por Enrique Lillo Alarcón

Liçençia a la villa de La Mota, para que, de sus propios,

pueda gastar treinta ducados, en cada un año, en

solenizar la Fiesta del Santo Sacramento

Noviembre                                                                                               Santiago

 

Don Phelipe, etc, Admynistrador Perpetuo de la Orden de Cavallería de Santiago por autoridad apostólica.

Por quanto, por parte de vos, el conçejo, justiçia y regimiento dela villa de La Mota, nos ha sido hecha relaçión, que, en la dicha villa, se a usado y acostumbra gastar, a cada año, delos propios della, treinta ducados, en solenizar la Fiesta del Santo Sacramento en danças y autos, que hacen que las justiçias que van a tomar las quentas delos propios de su conçejo, no quieren pasar en quenta los dichos gastos, diziendo que no tenéys liçençia nuestra para ello, suplicándonos que la mandásemos conçeder, para que, de aquí adelante, pudiésedes gastar los dichos treinta ducados que en lo susodicho, o como la nuestra merçed fuese.

Lo qual visto por los del nuestro Consejo de las Ordenes, con su acuerdo, por esta nuestra carta, damos liçençia a vos, el dicho conçejo de La Mota, para que, de aquí adelante, de vuestros propios y rentas, podáis gastar y gastéis, en cada año, treinta ducados en solenizar la Fiesta del Santo Sacramento.

Y mandamos al nuestro Alcalde Mayor que es o fuere del Partido del Quintanar, e a cada qualesquier nuestros juezes y justiçias que tomaren las quentas delos propios y rrentas dese conçejo, que rreçiven e pasen en quenta los dichos treynta ducados, en cada un año.

Dada en Madrid, a veynte y ocho de novienbre de mill e quinientos y setenta y seis años.

El liçençiado don Antonio de Padilla. El liçençiado don Joan de Çuaçola. El liçençiado don Miguel Marañón.

Secretario, Pedro de Solchaga.

 

¿Tuvo miedo el rey don Carlos de las villas del Común de la Mancha? (I)

Todavía en el año 1530, el Común de la Mancha, formaba una comunidad de villas con bastante poder. Con cierta normalidad se reunían para tratar asuntos comunes y defenderse de los atropellos de los gobernantes impuestos por el rey.

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Durante estos últimos años, el gobernador de la Provincia, que a comienzos del s. XVI se regía desde la ciudad de Ocaña, su teniente y alcaldes mayores han cometido ciertos atropellos y siguen cometiéndolos día a día, sobre las villas que forman el Común, éstas, sin perder un instante, se han reunido en Villanueva de Alcardete para tratar la forma en que van a hacer frente a estos abusos.

No es casual que se reúnan en Villanueva de Alcardete, esta era una de las villas que formaban parte de la Alcaidía de la Mancha, que yo he llamado así, pues no tenía nombre conocido, pero era la única que existía en el Común de la Mancha.

Así hacen una primera reunión, a principios del mes de noviembre de 1530, a la que acuden los procuradores de las principales villas, Villanueva de Alcardete, El Toboso, La Mota, Socuéllamos, Campo de Criptana y Quintanar, tratan del mal regimiento del gobernador y sus ayudantes, como poner término a ello, y, para terminar, deciden emplazar a una segunda reunión, a los procuradores del resto de villas que no han participado, que se celebrará el domingo próximo, 6 de noviembre.

Los secretarios de los concejos escriben cartas al resto de villas no participantes, pero tienen la mala suerte que, una de ellas, la que va dirigida al concejo de Santa Cruz, cae en manos del gobernador, quien da cuenta enseguida al Consejo de Ordenes, éste, a su vez, informa al rey don Carlos.

Estos debieron ser los pensamientos del rey y los del su Consejo:

¿Por qué necesitan reunirse en contra de mi gobernador, su teniente y sus alcaldes mayores? ¿Es una sedición y levantamiento contra mi gobierno? Si tienen necesidad de exponer los agravios recibidos ¿Por qué no lo han hecho según derecho, yendo a nuestro Consejo de Ordenes?

El rey don Carlos debió pensar que era un nuevo levantamiento contra él. Tan solo habían transcurrido ocho años, desde que terminó la Guerra de las Comunidades de Castilla; el principal y más numeroso foco de la rebelión se había producido en el Reino de Toledo, al que el Común de la Mancha pertenecía. No podía consentir reuniones de tipo sedicioso contra su gobierno, aunque tuvieran razón, pues esto podría dar lugar a una nueva guerra.

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Desde el Consejo de Ordenes se escribe una carta, prohibiendo, terminantemente, cualquier reunión de las villas del Común para tratar asuntos del gobierno del rey, y, si tienen alguna queja, lo traten en el dicho Consejo, enviando su relación de agravios, pero por separado, no de modo conjunto, como el Común que eran; de ahí se ve el miedo del rey, tratando de separar las villas para limitar su fuerza:

“Porque vos mando a todos e a cada uno de vos, que no os juntéys, ny consintáys, ny déys lugar que se junten en la dicha Villanueva de Alcardete, ny en otra parte alguna, a entender en lo susodicho, ny en cosa, ny en parte dello, e que si algunas quexas tenéys del mi governador deste Partido e de su logarthenyente en el dicho ofiçio, enbiéys, cada una de vos, las dichas villas por sy, la relaçión dello al dicho Consejo, para que yo la mande ver e proveer, sobre ello, lo que de justiçia deva ser proveydo.”

Además de esta carta tan severa, informa al escribano de Villanueva de Alcardete, Pero García, y a los alcaldes regidores y oficiales del concejo que, en un plazo de nueve días, contados desde el día que se entrega la carta, se presenten ante el Consejo de Ordenes para que cumplan lo que allí se les mandará. De este modo van a atajar cualquier intento de reunión, con órdenes expresas por parte del rey.

Se dio en Ocaña a 4 de noviembre de 1530.

(Véase como estaban temerosos, pues la reunión de procuradores de Villanueva de Alcardete se realizó los primeros días de noviembre, y no dio lugar a la segunda, pues, el día 4 de noviembre, ya salió esta resolución y carta prohibiéndola).

Presidente del Consejo, el conde Manrique.

Licenciados, Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento.

Secretario, Francisco Guerrero

(Transcripción de los manuscritos, Enrique Lillo Alarcón; signatura [AHN,OM,AHT,leg.78167]

 

Ley capitular de la Orden de Santiago sobre los ganados

Todos los territorios de la Orden de Santiago estaban regidos por leyes capitulares que se dictaban y consensuaban en los Capítulos Generales de la Orden.

Todo estaba legislado, lo tocante a la religión, al uso común y aprovechamiento de tierras, pastos y ganados, los diezmos e impuestos, pocas cosas quedaban al azar. Personas, ganados y mercancías circulaban por los lugares de la Orden, desde la Provincia de León (actual comunidad de Extremadura) hasta la zona de Segura (norte de Jaén), Campo de Montiel, Murcia y, por supuesto, la Mancha Santiaguista.

Por la gran cantidad de pastos e incluso sotobosques, los vecinos de la Mancha Santiaguista solían ir con sus ganados a los pastos de Segura o Campo de Montiel, para la leña también, por ejemplo, los vecinos de La Mota iban a los bosques de Ruidera para aprovisionarse de madera con qué cocinar y calentarse.

Desde Corral de Almaguer, los vecinos con sus ganados, acudían al Campo de Montiel para que se alimentaran de forraje en sus extensos pastos; acudían con bueyes de labranza, ovejas y grandes piaras de cerdos, a veces compuestas de 60 u 80 cabezas, era la época en que se criaban muchos puercos, debido a los extensos encinares que existieron.

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Piara de cerdos. Foto tomada de página de Radio Huancavilca

 

Cervantes plasma esa tradición en los primeros capítulos del Quijote:

“En esto sucedió acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos – que, sin perdón, así se llaman – tocó un cuerno, a cuya señal ellos se recogen”. [QI, CII]

“Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces”. [QI, CII]

“Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha”. [QI, CIX]

Cuando el Alcalde Mayor del Partido del Quintanar, el bachiller Alonso de Figueroa, quiere que se construya la Plaza Mayor de La Mota en la Plaza del Toril, los oficiales del concejo de la villa, le recriminan que en ella se quedan los cerdos:

“E en lo que toca a la vez delos puercos, que mandó que no se llegasen en la Plaça que nuevamente se a de hazer, porque no se cunple como ello mando”.

Era inevitable que los animales entrasen en los pastos labrados de pan, bien durante el traslado por cañadas y veredas, bien por encontrarse próximos a los pastos donde comían. Los labradores del Campo de Montiel se enfadaban sobre manera, ponían penas exageradas a los ganaderos que obligaban a cumplir, no dejaban que se acercaran a sus tierras, contraviniendo las leyes capitulares.

Este problema ocurrió en 1531 con los vecinos de Corral de Almaguer, cuando llevaban sus ganados al Campo de Montiel.

El concejo de Corral de Almaguer, prepara una relación y petición al Consejo de Ordenes, diciendo que los vecinos de la dicha villa, acuden con sus ganados a que pasten en los lugares del Campo de Montiel, que son conscientes que los ganados hacen ciertos daños en los panes de los vecinos de esos lugares, por los que les imponen penas muy grandes, debido a que no quieren que acudan allí, a pesar que el daño que hacen es pequeño. Si esto se consiente, los vecinos de Corral de Almaguer recibirán mucho daño, pues tienen derecho a acudir a esos pastos.

Acababan el escrito diciendo que estaban dispuestos a pagar las penas que se les impusieran, pero con arreglo a la ley capitular, siempre que sus ganados hicieran algún daño y se cuantificara honestamente, sino imploraban la justicia del rey.

El tribunal del Consejo de Ordenes manda hacer traslado de la ley capitular, que se encontraba guardada en el Convento de Uclés, y la presenta en el pleito:

“E porque por los procuradores delas nuestras villas e lugares desta nuestra (tachado: Orden) Provinçia, nos fue querellado, e dicho en el nuestro capítulo que los señores delos ganados, syn temor delas penas contenydas en las dichas ordenanças, con sus ganados le destruyen sus viñas y heredades, e nos suplicaron que en ello proveyésemos como entendiésemos ser cunplidero a serviçio de Dyos, e nuestro, e al bien e pro común, e vtilidad delos dichos nuestros vasallos.

E porque avida sobre ello nuestra deliberación e ynformaçión, fallamos las dichas leyes e ordenanças, que çerca desta disponen no ser bien guardadas, ansy por ser poca la cantydad delas penas en ellas establesçidas, como por las maliçias de muchos onbres, que con buen zelo al bien público, e, ansy mysmo, porque otros son negligentes en la guarda de sus ganadoss, dando lugar que destruyan las heredades agenas.

Por ende, ordenamos y mandamos que las dichas leyes e ordenanças capitulares que çerca desto hablan et disponen, sean guardadas en todo e por todo, segúnd en ellas se contiene.

Por la pena delos ganados que hiziesen daño en las dichas viñas, huertas y heredades, mandamos que sea cresçida en esta manera:

Que los bueyes, vacas, o bestias, o otros ganados mayores e menores, desde el dya que el mes de março fuere de mediado en adelante, no entren en las viñas ny heredades delos vezinos e moradores delas villas e lugares de nuestra Orden, hasta pasado el día de Todos Santos primero de aquel mesmo año, so pena que de cada res vacuna, o yeguas, o otros ganados mayores se paguen de día quynze maravedís, y de noche treynta maravedís, y más el daño que hizieren.

E de la manada delos puercos de sesenta arriba, sesenta maravedís de día, e de noche çiento y veynte, con el dicho daño que hizieren, e sy no llegaren a manada que paguen por cada cabeça tres maravedís de dya y seys maravedís de noche, con más el daño.

E de las manadas de las ovejas de sesenta arriba e delas cabras, que paguen treynta maravedís de dya e sesenta maravedís de noche, e sy non llegare a manada que pague doss maravedís de dya, de cada cabeça, e quatro maravedís de noche, más el daño.

Pero que las huertas, y heredades, e frutales que tuvieren hortalizas e fruta que no entren en tienpo alguno so la dicha pena.”

 

Venía a decir que los ganaderos, al ser las penas de poca cuantía, no respetaban las tierras labradas y destruían viñas y heredades con sus ganados. Usaban de malicia para saltárselas y no guardar el bien público.

Así que se decidió incrementar las penas y regular el pastoreo en el siguiente modo:

Que los bueyes, vacas, bestias y otros ganados, menores y mayores, no entren en las viñas y heredades, desde la mitad de marzo hasta el primero de noviembre, día de Todos los Santos. Si esto sucede, han de pagar por cada res vacuna, yegua u otros ganados mayores, 15 maravedís si es de día y 30 maravedís si es de noche, más el daño que hicieren en los campos.

Las manadas de puercos desde sesenta cabezas hacia arriba, pagaran 60 maravedís de día y 120 maravedís de noche, más el daño que hicieren. Si no llegan a ser manada, como antes se ha referido, pagarán 3 maravedís por cabeza si es durante el día, y 6 maravedís durante la noche, más el daño ocasionado.

Las manadas de ovejas y cabras de sesenta cabezas hacia arriba, pagarán 30 maravedís durante el día y 60 maravedís durante la noche. Si no llegan a ser manada, pagarán 2 maravedís por cabeza en el día y 4 maravedís en la noche, más el daño que ocasionaren.

En las huertas, heredades y frutales que tuvieren hortalizas y frutas no pueden entrar en tiempo alguno, aplicándose las penas anteriores que se han establecido.

Una vez comprobada la ley capitular, el tribunal del Consejo de Ordenes llamó a las dos partes y, en su presencia, leyó su contenido, recomendando que la cumpliesen en todo, que no volvieran a venir con quejas, pues aplicarían la justicia del rey.

Fue redactada en Ocaña, el 31 de marzo de 1531 años

Firman: el Conde Manrique, los licenciados Luxán, Perero de Neyra y Sarmiento.

Secretario: Francisco Guerrero

Transcripción del manuscrito por Enrique Lillo Alarcón, signatura [AHN,OM,AHT,leg.78171]

 

 

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