La guerra de la bellota entre La Mota y El Toboso, octubre del año 1536

Autor: Enrique Lillo Alarcón
ISSN 2386-5172 - Serie: XVI-37
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Enrique Lillo Alarcón
Autor: Enrique Lillo Alarcón

Guerra de la Bellota entre La Mota y El Toboso, año 1536
Visto por el pincel de ese gran pintor y dibujante que es Alex Piera Lillo

Numerosos bosques de carrascas poblaron la Mancha Santiaguista desde tiempos inmemoriales, cuando aún la tierra no sabía que se llamaría así.

La carrasca, encina, quercus ilex, es un árbol muy característico del paisaje mediterráneo, que se adapta fácilmente a suelos pobres y a condiciones de altas sequías, muy resistente y longevo, de una madera fuerte y compacta, altamente apta para fabricar vigas, usadas en la construcción de viviendas y artilugios que tengan un roce importante entre sus elementos, como sucede en las ruedas de los molinos de viento, tan unidos al paisaje de la Mancha Santiaguista. Las ramas caídas y secas se usaron como leña para los hogares de las casas, la misma leña, tratada en horno, para fabricar carbón. Fue la madera más solicitada por sus grandes propiedades caloríficas y larga duración. Tiene unas hojas perennes, muy puntiagudas en su nacimiento y lanceoladas cuando crecen en altura que le da al árbol, en su madurez, una copa frondosa de un verde intenso, a pesar de su color verde ceniza en su envés.
El fruto es la bellota, de forma ovoide con una cúpula escamada por donde se une a la rama, cuando nace de color verde y cuando madura de color marrón oscuro, cosa que ocurre entre los meses de octubre a diciembre, dependiendo de las zonas.

Los distintos pueblos que poblaron la Mancha Santiaguista utilizaron la bellota como alimento unido a su dieta de cereales, desde los pueblos de la cultura de «las motillas», pasando por los carpetanos, romanos, árabes y finalmente los cristianos que la repoblaron traídos por la Orden de Santiago a finales del s. XII y comienzos del XIII.
Comieron la bellota de varias formas: a través de la molienda en rodillo o rueda de piedra, se obtenía una harina con la que se fabricaban tortas, a veces mezcladas con cereales, para ser cocidas de la misma manera que el pan de cereal; rayada y guisada con agua se obtenía una especie de gachas; aunque una de las formas en que más se consumieron fue tostadas, como las almendras, al lado de unas buenas ascuas.
Fue el alimento alternativo a las malas cosechas de cereales, si el año se daba mal al principio del verano siempre quedaba el otoño para poder recoger la bellota.

Se usó con mucha frecuencia como forraje para el ganado, sobre todo para alimentar las grandes piaras de cerdos que existieron en la Mancha Santiaguista, en número mucho mayor de 60 unidades se desplazaban, como en un circuito trashumante, desde el Corral de Almaguer hasta el Campo de Montiel, usando las dehesas y bosques comunes de la Orden durante todo el recorrido. En El Toboso y La Mota existieron también grandes piaras, en esta última cruzaban a diario la plaza del Toril, siendo éste uno de los motivos que hicieron decantarse a los oficiales del concejo para no construir el edificio del ayuntamiento en dicha plaza. Los puercos fueron muy nombrados también en los primeros capítulos de la primera parte del Quijote, aparecen en los de la venta donde es armado caballero y, como no, en las manos de la sin par Dulcinea,

«Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha». [Q, I, 9]

Como se ha referido, existieron grandes extensiones de dehesas y bosques de encina en la Mancha Santiaguista, que por su Común, desde el año 1353, eran de libre disposición para todas las villas que lo formaban. Estas tierras junto con las del resto de la Orden de Santiago, las que comenzaban en el Gigüela y terminaban en las estribaciones de Sierra Morena pasando por el Campo de Montiel, formaron un común de pastos y aprovechamiento para el ganado. Desde bien temprano, en este s. XIV, las villas comenzaron a proteger sus bosques y dehesas de los vecinos que entraban en ellas, impunemente, saqueando la leña y la bellota, mediante ordenanzas entre los pueblos colindantes que después eran ratificadas en los Capítulos Generales de la Orden. La Mota tiene un apeo y ordenanzas de su dehesa en el año 1394, ésta estaba situada en la zona noreste de la villa, pasada la Sierra, entre el camino a Belmonte y la Cañada de Tovar, donde se sitúa hoy día la Casa Gilabert, aún quedan allí restos de carrascas de lo que un día fue esta gran dehesa.

A pesar de tantas y cuidadas medidas, de poner guardas, de castigar a los infractores, las dehesas y bosques fueron mermando sus unidades, los bosques se fueron aclarando, las dehesas disminuían su tamaño. En tiempos de los Reyes Católicos, con la normalización del reino, se comienza a roturar nuevas tierras para cereal y viña, produciéndose la merma del bosque de encina, el uso y abuso del árbol para leña, antes no permitido salvo para construcción de edificios, aperos de labranza o yugos para bueyes. Con la llegada de los Austrias, el descubrimiento de las Indias y las guerras de religión se da un impulso importante a la construcción naval, se comienza una incipiente industrialización que consume leña. Todo ello lleva a la situación actual, una Mancha Santiaguista llana y sin árboles, al menos no como en el pasado, espero y deseo que las generaciones futuras comprendan la importancia del bosque mediterráneo y pueda ser recuperado aunque sea parcialmente.

En lo que aquí nos ocupa, diremos que existieron numerosos bosques y dehesas de encinas en El Toboso y La Mota, en el norte de ambas villas, en el camino a El Quintanar, en la zona de Las Labosas, donde tenía sus tierras Juan Haldudo el rico, el que aparece en el capítulo 4 del Quijote; en el camino entre La Mota y Belmonte, en el gran llano que separa ambas poblaciones; en el monte de El Toboso; en el sur de la laguna de Manjavacas, donde aún sobrevive la encina milenaria, testigo de don Quijote y de los grandes bosques que la abandonaron a su suerte.

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Encina milenaria de Mota del Cuervo

Miguel de Cervantes dedicó otras muy numerosas citas a las bellotas en el Quijote, y su frecuente uso por los manchegos, los cabreros del capítulo 11, las tenían como alimento,

«Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano…»
«Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto». [Q, I, 11]

Carta de Teresa Panza a la Duquesa, a quien se las envía como presente:

«Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en este pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que una a una las fui yo a coger y escoger al monte, y no las hallé más mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.» [Q, II, 52]

Teresa Panza le comunica a Sancho que las ha enviado como importante presente a la duquesa, pide que, a cambio, le devuelva unas sartas de perlas, viéndose de este modo la importancia que les daba, se mencionan en la carta que envía a Sancho cuando gobernaba la Ínsula Barataria,

«Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro. Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.» [Q, II, 53]

Llegados a este punto, donde he querido hacer resaltar la importancia de la carrasca y su fruto la bellota para los vecinos de las villas de la Mancha Santiaguista, comenzamos nuestro relato histórico, hechos que sucedieron entre los habitantes de La Mota y los del Toboso, por defender su dehesa de los que se querían aprovechar de ella impunemente, en contra de las ordenanzas de ambos pueblos, en contra de las leyes capitulares y con todo tipo de atropellos.

Lo que he dado en llamar la «Guerra de la Bellota» sucedió un día 19 del mes de octubre del año 1536. Gobernaban los reinos de España la reina doña Juana y su hijo, el emperador, rey y administrador perpetuo de la Orden de Santiago, Carlos.

Ese año las bellotas debían ser especialmente gordas y abundantes, pudiendo llegar a una producción de unos 700 kg por Ha, así que, muchos vecinos de La Mota pensaron que podía ser buena idea llegarse hasta el cercano monte de El Toboso y tomar las que les apeteciese y más, aprovechándose del común en el uso de dehesas que permitía la Orden, pero contraviniendo las ordenanzas de uso que habían acordado ambas villas y las leyes capitulares de la Orden de Santiago que desde la Edad Media, en el comienzo de la repoblación de la Mancha Santiaguista, habían fijado los Maestres, como fecha de inicio para la recolección de la bellota, la fiesta de Todos Santos, que se celebraba a principios de noviembre como en la actualidad, por eso, al ser 19 de octubre, no les estaba permitido hacerlo aunque el monte fuera de uso común.

Los oficiales del concejo del Toboso, alcaldes y regidores, temiendo lo que podía suceder en su cuidado monte, pusieron guardas que lo defendieran ante los abusos de los que venían a coger la bellota y la leña furtivamente, pero esta dificultad no amilanó a los vecinos de La Mota, se juntó un grupo numeroso en el pueblo armados de lanzas, espadas, ballestas y todo tipo de armas blancas y palos, y tomaron tranquilamente el Camino Viejo del Toboso, el mismo que un día recorrieron don Quijote y Sancho para que Dulcinea le diera su bendición antes de comenzar sus nuevas aventuras,

«y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan,» [Q, II, 8]

Estaban todos recogiendo bellotas cuando aparecieron los guardas del Toboso, quienes quisieron prenderles y llevarles ante los alcaldes de la villa para que ejercieran su justicia y les impusieran las penas que estaban fijadas en las ordenanzas. Los vecinos de La Mota, atendiendo a la gran cantidad de personas que se habían desplazado al monte, envalentonados por su número, no consintieron ser prendidos y comenzaron a pegar e insultar a los dichos guardas, mofándose de ellos.

Los guardas volvieron a su villa maltrechos y ofendidos, llegaron hasta el ayuntamiento y comentaron lo sucedido a los alcaldes ordinarios y los regidores del concejo, éstos sin más dilación, decidieron enviar a un alguacil con la vara de justicia de los alcaldes. Por otro lado, la noticia había corrido como la pólvora por todo el pueblo, los vecinos se sentían indignados con ese atropello, de modo que unos cuantos vecinos, espontáneamente, decidieron unirse al alguacil para ir hasta el monte a castigar a los violadores de la bellota.

Cuando llegaron al monte, a la zona en la que continuaban cogiendo bellota los vecinos de La Mota, el alguacil montado en su caballo, les mostró la vara de justicia y les recriminó lo que estaban haciendo, hablándoles de esta manera, – queden vuestras mercedes por presos, entreguen sin demora la bellota que han robado en nombre de la justicia del rey -, los vecinos de La Mota, al igual que con los guardas, se volvieron a reír del alguacil, de la vara y de los vecinos del Toboso que le acompañaban, insultándoles con mayor rigor, y sin mediar más palabras les comenzaron a agredir.

Los dardos de las ballestas volaban, un vecino sangraba por el brazo herido por una de ellas, tiñendo de rojo su camisa blanca; un grupo de moteños arremetió contra el alguacil con lanzas y palos, de forma que consiguieron descabalgarlo, herirlo de varias lanzadas y darle numerosos palos en las costillas; otro grupo apaleaba a otros toboseños; otro más perseguía con su espada a un mozo que corría cuesta abajo por el monte. La refriega fue infernal, pero, gracias a Dios, no se produjo muerte alguna.

Al llegar al Toboso medio pueblo salió a recibirles, pareciera que fueran Quijotes que habían mantenido feroz lucha contra los molinos «gigantes», varios heridos que sangraban, algunos con pañuelos atados en la cabeza, las ropas hechas jirones. El pueblo se soliviantó mucho, pero gracias a la cordura de uno de sus alcaldes la cosa no fue a mayores.
En la misma Plaza Mayor, donde estaban todos reunidos, les dijo:
– vecinos, no podemos consentir este agravio que nos hacen los vecinos de La Mota, pero sepádes que han actuado por su propio albedrío, el resto de la villa no es culpable de sus actos, por ello, en base a las ordenanzas que tenemos acordadas entrambas villas y a las leyes capitulares que rigen en todos los territorios de la Orden, acudiremos con nuestro procurador hasta el Consejo de las Ordenes para que el rey Carlos y su madre doña Juana tengan merced de darnos su justicia, castigando a los culpables, los cuales, muchos de ellos, son conocidos de nuestro alguacil y guardas del monte -.

Los vecinos del Toboso se tranquilizaron con la arenga del alcalde, poco a poco fueron a recogerse a sus casas, otros acompañaron a algunos de los dañados al hospital de pobres, otros fueron al médico porque sus heridas eran de mayor consideración, (no se extrañen Vds., El Toboso en ese temprano año de 1536, al igual que muchas de las villas de la Mancha Santiaguista, ya disponía de médico, que contrataba el concejo mediante una iguala, es decir, el dinero que se le pagaba como salario era repartido entre todos los vecinos por igual, de ahí el nombre de iguala).

Una vez despejada la Plaza Mayor, todo el corregimiento del Toboso subió a la sala del concejo, allí, el alcalde de más edad que había lanzado el discurso tranquilizador a los vecinos, propuso iniciar los trámites ante el Consejo de Ordenes, dando carta de poder al procurador de la villa don Francisco Calderón para que actuara en su nombre, solicitando al rey que se castigase a los que se encontrasen culpables, para que este asunto no fuera a mayores, no se ocasionara el escándalo que se veía venir y se pudiera producir lo que nadie deseaba, que comenzase una guerra, con muerte de hombres, entre las dos villas de La Mota y El Toboso.

No tardó mucho más el procurador Francisco Calderón en iniciar sus trámites, así que se dirigió al rey Carlos y su Consejo de Ordenes en esta manera:

Muy Poderoso Señor

Françisco Calderón en nonbre y como procurador que soi del conçejo, alcaldes, e regidores, e ofiçiales dela villa del Toboso, me querello et pido justiçia contra çiertos vezinos dela villa de La Mota.
Et contando el caso, digo que, rreinantes en estos Regnos de Castilla la sernísima Reyna doña Juana, nuestra señora, y el Enperador y Rey don Carlos, su hijo, et siendo Admynystrador Perpetuo dela Horden de Santiago el Enperador et Rei don Carlos, nuestro señor, los susodichos que por la pesquisa et ynformaçión paresçieren culpados en un día del mes de otubre deste año de myll et quininientos e treynta et seys años, que fue a diez e nueve días del dicho mes de otubre, muchos vezinos dela villa de La Mota, que no thenyan derecho de yr a coger la bellota al monte dela dicha villa del Toboso en el dicho día, por las hordenanças y conpusyçiones que ay entre las dos villas del Toboso y de La Mota, et huso et costunbre, armados de diversas armas, lanças, y espadas, y ballestas, e otras armas, fueron el dicho día al dicho monte dela villa del Toboso. Et como quiera que conforme a las dichas hordenanças, y huso, y costunbre, las guardas que, el dicho conçejo dela villa del Toboso, thenya puestos en el dicho monte, los quiso prendar, ellos no se consintieron tomar prendas algunas, antes, de hecho y de palabra, maltrataron a las dichas guardas.
Y el conçejo dela dicha villa, sabiendo el dicho maltratamyento que avían hecho, a las dichas sus guardas, enbiaron un alguazil y çiertas personas para que todavía los prendasen e les quytasen la bellota, conforme a las dichas hordenanças, y huso, y costunbre.
Los quales, dichos vezinos dela villa de La Mota, con mucho atrebimyento y osadía, y en menospreçio dela justiçia de Vuestra Alteza, no solamente resystieron las prendas en el dicho monte, al dicho alguazil que yba con vara de justiçia, pero aún le hirieron a él y a su cavallo, y a otras personas que con él yban dieron muchos palos con lanças, e los quysyeron matar, e cometieron resistençia contra el dicho alguazil, et muy grave delito y soçeso, de lo qual se espera entre los dichos pueblos grande escándalo, y se espera que podría retreçir muertes de honbres sy por Vuestra Alteza en brebe no sea remediado.

Por ende pido a Vuestra Alteza, que çerca delo susodicho, me mande hazer y aga entero cunplimyento de justiçia, enbiando, desta su Corte, alguna persona de çiençia y conçiençia por pesquysydor, para que haga la pesquysa de todo lo susodicho, con salario conpetente a costa delas personas que hallaren culpados, con térmyno de ochenta días, para que, en el dicho térmyno, se puedan hazer los proçesos en rebeldía contra los absentes que no pudieren ser avidos ny presos.

Y, en todo, Vuestra Alteza provea como más sea servydo y convenga a su serviçio y a la hesecuçión de su justiçia, en lo qual, admynystrando justiçia el dicho conçejo dela villa del Toboso resçibirá muy grand merçed.
Y para que Vuestra Alteza sea ynformado delo que pasa sobre lo susodicho, ago presentaçión de çierta pesquysa e ynformaçión que fue tomada e resçibida por el alcalde dela villa del Toboso, sygnada de escrivano público.
El liçençiado Bernalte

La carta de petición la firmó el escribano público de El Toboso, licenciado Bernalte.
Sé, por el manuscrito, que el procurador Francisco Calderón la presentó en Valladolid, ante el Consejo de Ordenes, en diciembre de 1536, siendo admitida a trámite por sus oficiales.

Una vez estudiada la petición se emitió una carta desde el Consejo, en nombre del Rey Carlos, dirigida al gobernador del Partido de la Mancha y Ribera de Tajo que residía en Ocaña, cabeza del Partido, mandándole que primero tomase información para conocer de qué forma pasaron los hechos, después llamase a las partes, las oyese e impartiese justicia a la parte que la tenga. Este mandato debe ser hecho sin dilación alguna y con justicia, bajo pena de 10.000 maravedís si lo contrario se hiciere.

El mandato y la carta de petición del procurador Francisco Calderón se enviaron al gobernador el día 15 de diciembre de 1536.
Iba firmada por el clavero del Rey Hernando de Córdoba y por los oidores del Consejo de Ordenes, los licenciados Luxán (Luján) y Sarmiento, y el doctor Anaya.
Como se puede apreciar el proceso fue bastante rápido, seguro que por la gravedad de los hechos, ya que el incidente se produjo el 19 de octubre y el 15 de diciembre ya se había enviado un mandato al gobernador para que aplicara la justicia real.

No tengo más noticias del suceso, las crónicas de El Toboso y La Mota no cuentan más relatos de esta historia, ni se hacen eco de guerra alguna entre las dos villas. Supongo que reinó la cordura, que se aplicó la justicia del Rey y que los alguaciles del gobernador harían el resto, por tanto las aguas debieron de volver a su cauce.
Así, los del Toboso siguieron comiendo las dulces bellotas de su espléndido monte, tostadas, en forma de tortas o hechas gachas.
Las piaras de puercos siguieron visitando los encinares del monte, ese invierno tuvieron suficiente alimento para engordar y dar tocino veteado a sus jamones.

¡Ah!, dos cosas más:
Perdonen vuestras mercedes por el título dado a este pequeño estudio, al poner el nombre de la Mota en primer lugar, lo contrario hubiese sido un sonoro pareado, seguro que motivo de chanza.
Agradecer a Alex Piera Lillo, mi sobrino, gran pintor y dibujante, estos magníficos dibujos que lo ilustran, hacen que sea pequeña mi obra en comparación de la suya.

Bibliografía:
Libros de visita de la Orden de Santiago, AHN.
«Bellotas, el alimento de la Edad de Oro», Juan Pereira Sieso. Facultad de Humanidades de Toledo, Universidad de Castilla-la Mancha.
Manuscrito transcripción por Enrique Lillo Alarcón [AHN,OM,AHT,leg.78240]

Por: Enrique Lillo Alarcón
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