Don Pedrito

Autor: Enrique Lillo Alarcón
ISSN 2386-5172 - Serie: XX-10
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Enrique Lillo Alarcón
Autor: Enrique Lillo Alarcón

Cuando nos hacemos mayores, guardamos nuestros recuerdos en fotografías de color sepia, encerradas en una caja de cartón. A veces se abre y los mayores sentimientos afloran hasta la piel, los ojos comienzan a brillar de una forma especial y la bruma del pasado hace un hueco para que podamos vernos en su interior.

Don Pedrito Peñalver, era, es, ante todo, un hombre bueno, muy cariñoso y amable con todos nosotros, los chicotes que íbamos a su clase en el edificio de los juzgados, enfrente del ayuntamiento, y después, un gran maestro. Desde la madurez le recuerdo como a Lorca, de su misma estatura y constitución, con el pelo engominado peinado hacia atrás, con su cara sonrosada que llamaba la atención.
Mi hermano y yo le llamábamos don Pedrito porque conocía a mi familia y mi padre siempre le nombraba, cariñosamente, como Pedrito, pero el nombre y su estatura no hacían honor a su persona, pues siempre me pareció muy grande.

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Actual edificio de los juzgados de Mota del Cuervo
Allí, en el primer piso estaba la clase de don Pedrito

Nos enseñó a ser niños y hombres a la vez, y, después, algo de cultura, matemáticas y religión, como no podía ser menos en un pueblo tan mariano como Mota del Cuervo.

Me gustaba cuando hacíamos religión pues, nuestro maestro, con astucia, había preparado un concurso para aprender catecismo, con un premio al final, diploma para el primer, segundo y tercer puesto, y como no, la bendición de D. José. Nos ponía en fila india en la pared izquierda de la sala, junto al encerado, preguntaba sobre el tema que nos ocupaba cada día, si acertabas conservabas tu puesto, si fallabas ibas hacia atrás. Para mí fue una gran subida de moral pues, al final, conseguí quedar el segundo y recibir un magnifico diploma con mi nombre y profusa decoración de hojas puntiagudas, en los bordes, que me gustaba y que conservé hasta que fui bastante mayor, ¡ah! y un pellizco y cachete cariñoso de D. José en el moflete.

Estudiábamos con la Enciclopedia Álvarez de 2º grado. Puesta sobre el pupitre leíamos temas diversos que hacían amena la clase,
– lección para mañana los mamíferos – decía don Pedrito al final del día. Antes habíamos hecho dictado, corregir las faltas, matemáticas, lectura y las actividades que estaban planificadas para cada día de cada semana. Al final del curso fuimos muchos los que pasamos al Álvarez de 3º grado. Yo enseguida pedí el dinero a mi abuela y fui corriendo a comprarlo a la papelería, iba orgulloso por todo el pueblo con mi enciclopedia bajo el brazo, queriendo mostrar a todos mi gran nivel cultural. Luego, en casa, estuve toda la tarde mirando hoja tras hoja, sus atrayentes y nuevos dibujos, la gran cantidad de temas tan bonitos y diversos.

Los días de frío invierno encendíamos la estufa de carbón vieja y oscura, situada en un extremo de la sala, al comenzar las llamas todo el ambiente se llenaba de humo, motivo de toses y risas, pero nos aliviaba durante las clases, a la vez que manchaba de rocío los cristales de los ventanales que daban a la Plaza, con las gotas de lluvia golpeando en el exterior, “monotonía de lluvia tras los cristales” como diría D. Antonio.

El momento más esperado, el recreo de las once en la Plaza y en el jardín, todos juntos, sin peleas, jugando a los miles de juegos que uno puede imaginar e inventar, ¡chicote, cuidao con la pelota que m’as dao!, decía algún mayor que recibía un buen pelotazo y que, por supuesto, nadie había visto pasar. Comprar algún caramelo en la tienda de la Plaza o mirar fijamente, con la frente apoyada en el cristal, los miles de dulces que Mojicón tenía expuestos en sus vitrinas de su tienda de la esquina, aunque no comprásemos nada, el olor que exhalaba por la puerta nos embriagaba y alimentaba al mismo tiempo.

La vuelta a clase nos devolvía a la realidad, sentados en nuestros pupitres aún comentábamos los últimos lances del recreo.
– Fede y Quique venid a mi mesa, castigados de pie contra la pared, pues no habéis dejado de hablar desde que llegasteis –
– vais a estar ahí un buen rato, para que os tranquilicéis –
Creo que fue el más duro castigo que recibimos, tampoco hacía falta castigar más, don Pedrito no habría podido ponerlo mayor y nosotros sabíamos que teníamos que cambiar nuestro comportamiento; pero, de pie contra la pared, unas miradas de reojo y un esbozo de sonrisa.

Gracias don Pedrito por esos maravillosos días, en los que aprendimos a amar el estudio, en los que no nos costaba acudir a clase, en los que disfrutábamos con las lecciones de nuestro maestro que nos preparaba para correr por la Plaza de La Mota y por tantas otras plazas del Mundo.

Por: Enrique Lillo Alarcón
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